Endrick y su viaje para aprender a volar
Endrick no habla de Europa como un sueño cumplido. Habla de una batalla diaria. De un vestuario lleno de gigantes y de la necesidad de no perderse a sí mismo en medio de tanta luz.
“El primer año siempre es duro”, confesó el delantero en una charla con Men in Blazers en YouTube. Y en su caso, duro significa aterrizar en un club donde el día a día transcurre entre nombres como Luka Modric, Vinicius y Rodrygo. Un ecosistema de élite en el que cada minuto se pelea, cada detalle se examina y cada error pesa.
Llegar ahí, admite, impresiona. “Llegas a un club con jugadores como Modric, Vinicius, Rodrygo… Es muy difícil jugar con todos ellos, pero también aprendes mucho”. No hace falta que lo subraye: el talento se respira, pero también la presión. El adolescente brasileño entendió pronto que, para crecer, no bastaba con entrenar bien; tenía que encontrar aire.
Ese aire, curiosamente, no le llegó desde el césped, sino desde el teléfono.
“Bellingham me llama todos los días”, contó. No es una frase menor. En una plantilla plagada de estrellas, Jude Bellingham se ha convertido en algo más que un referente futbolístico para él. “Cuando yo estaba mal, él me levantaba y hablábamos. Me ayudó mucho. Trent también. Son jugadores muy accesibles”.
Ahí se dibuja otra cara del fútbol de élite: el apoyo invisible, las conversaciones a deshoras, la mano que aparece cuando el ruido aprieta. Endrick, todavía en plena adaptación al idioma y a la cultura, intenta absorberlo todo. “Intento aprender de ellos, incluido inglés, pero es imposible entenderlos”, bromeó, dejando ver que la barrera idiomática también juega su propio partido.
El punto de inflexión, sin embargo, no llegó en el Bernabéu, sino lejos de él. Su decisión de marcharse temporalmente a Lyon cambió el guion.
“No fue difícil ir a Lyon. Al final, Dios me dijo que tenía que ir, y fui. No tenía miedo; ha sido una de las mejores decisiones de mi vida. Necesitaba jugar”, explicó. En esa frase hay determinación, pero también urgencia. Un delantero joven necesita minutos, errores, goles, asistencias, noches buenas y malas. Y eso lo ha encontrado en Francia: “He podido marcar goles, dar asistencias y jugar muchos minutos”.
Lyon se ha convertido en su laboratorio. Todo lo que vio y aprendió en el vestuario lleno de estrellas lo está poniendo en práctica allí, lejos de los focos más despiadados. “He podido poner todo lo que he aprendido en práctica en Lyon, y cuando vuelva podré demostrarlo allí”, avisó. No suena a promesa vacía, sino a plan.
Mientras tanto, el horizonte se agranda con una palabra que lo cambia todo: Mundial.
“Jugar un Mundial es lo más grande. Poder representar a mi país es un sueño hecho realidad”, afirmó. En Brasil, esa frase lleva un peso especial. No es solo un torneo; es una herida abierta desde hace demasiado tiempo. “El Mundial es muy importante para la gente, y hace mucho que no lo ganamos”, recordó, tocando una fibra sensible en un país que mide su historia en Copas del Mundo.
En ese escenario, aparece un nombre inevitable: Neymar. Para Endrick, no hay matices: “Neymar tiene ADN brasileño. Es uno de los mejores de nuestra historia”. Lo dice con admiración, con la naturalidad de quien ha crecido viéndolo como faro y ahora se prepara para compartir cartel generacional en la selección.
El otro pilar de su futuro se sienta en el banquillo. Carlo Ancelotti no es solo el entrenador que lo espera, es también una figura que ya ha dejado huella en el joven delantero. “Me llevo muy bien con Ancelotti. Es un gran entrenador y te entiende muy bien como persona. Sé que tienen mucho respeto por mí”, aseguró.
Respeto, apoyo, minutos, fe. La ecuación que sostiene hoy a Endrick no se explica solo con estadísticas. Se explica con llamadas diarias de Bellingham, con la cercanía de Trent, con un salto valiente a Lyon y con la obsesión compartida de un país que sueña con volver a tocar el cielo en un Mundial.
El resto, tarde o temprano, lo tendrá que decir el balón.






