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Celtic sufre un derrumbe histórico en Europa

Callum McGregor salió del vestuario con fuego en la mirada y hielo en la voz. En una noche de derrumbe histórico, el capitán de Celtic fue el único que habló con claridad. Llamó a sus compañeros “pasivos” y “asustados” cuando ganaban 4-0 en el global. Y dejó una frase que sonó a amenaza interna más que a lamento público: “Ahora veremos de qué está hecha la gente”.

En casi una década como motor del equipo, McGregor ha visto de todo en Europa. Goles, títulos, exhibiciones. Y humillaciones sin cuento. Pero pocas veces se le había visto tan furioso como tras el colapso contra LASK. No levantó la voz. No lo necesitó. La calma con la que diseccionó la debacle hizo todavía más demoledoras sus palabras.

De 4-0 a un derrumbe vergonzoso

El guion parecía escrito para una noche tranquila. McGregor abrió el marcador con un disparo desviado y Celtic se puso 4-0 arriba en la eliminatoria. LASK había empezado con brío, igual que en Glasgow, pero ese tanto parecía un golpe directo al estómago. O eso se pensó.

Porque el equipo austríaco no se rindió. Ni mucho menos. Siguió golpeando. Y Celtic, en lugar de responder, empezó a tambalearse.

La primera señal de pánico llegó con Benjamin Nygren. Un pase absurdamente blando, sin tensión, sin lectura de partido. De ahí nació el empate de LASK en la noche. Minuto 32. El global marcaba 4-1 para los escoceses, pero el cuerpo decía otra cosa: incomodidad, dudas, nervios. Increíble, pero real.

Tres minutos después del descanso, el temblor se convirtió en miedo. Auston Trusty fue superado con una facilidad alarmante, literalmente apartado del balón. 4-2 en el global. Las piernas empezaron a flojear.

LASK olió la sangre y fue directo a por la herida. Diez minutos más tarde llegó el tercero. Para entonces, demasiados jugadores de Celtic ya jugaban con terror en la mirada. La lenta agonía se aceleraba.

Camilo Duran, héroe en la ida, desapareció. Kasper Høgh corrió, peleó, pero sin peso real en el partido. Los pases se perdían, las decisiones eran erráticas, el equipo se partió en mil pedazos. La imagen era brutal: un grupo de profesionales convertidos en conejos deslumbrados por los focos.

Ni siquiera McGregor, que trataba de apagar incendios por todo el campo, logró imponer algo de calma. El partido se le escapaba a Celtic por todos los rincones.

O’Neill, el banquillo vacío y un equipo sin respuesta

En la banda, Martin O’Neill envejecía a ojos vista. Él mismo admitiría luego que fue una de las peores noches de su carrera. Asumió la responsabilidad, pero el peso del desastre no puede recaer solo en el entrenador.

Intentó cambiarlo todo de golpe. Cinco sustituciones en apenas 12 minutos, un carrusel de cambios más desesperado que estratégico. Nada funcionó. Nada cambió.

El dato es demoledor: Celtic no hizo ni un solo disparo a puerta en toda la segunda parte del tiempo reglamentario ni en la prórroga. Existió en el partido como existe alguien colgado de un precipicio por las uñas. Solo había una forma de que aquello terminara.

El cuarto gol de LASK llegó en el minuto 90. Justo castigo. Para entonces, los austríacos ya habían disparado 33 veces a la portería de Celtic (terminarían con 40, sumadas a las 20 del partido de Glasgow). Una paliza futbolística en toda regla.

Cameron Carter-Vickers cojeaba visiblemente. Høgh también. Y las olas blancas de LASK seguían llegando una y otra vez contra una zaga final formada por Anthony Ralston, Dane Murray, Trusty y Liam Scales. Era una defensa de emergencia para un partido de 40 millones de libras.

El quinto tanto fue casi un acto de misericordia, pero nació de otro error grosero. Esta vez el protagonista fue Luke McCowan. Otro jugador de Celtic haciendo lo equivocado, en el lugar equivocado, en el momento más equivocado posible. Como Nygren. Como Trusty. Como tantos otros. Y con ese gol se cerró la puerta de la Champions League.

El encuentro se arrastró hasta el pitido final. LASK aún falló un penalti para el 6-1 y Miguel Freckleton, recién llegado desde St Mirren, se permitió un eslalon en el área escocesa que por un instante pareció acabar en gol. Detalle menor, pero significativo: por momentos, un recién llegado fue capaz de parecer una figura dominante ante un Celtic deshecho.

Viejos fantasmas, mismos errores

McGregor sabe lo que es sufrir en Europa. Estuvo en la eliminatoria del año pasado contra Kairat Almaty, cuando Celtic fue incapaz de marcar en 210 minutos ante un rival menor y luego falló tres de cinco penaltis en la tanda. Vivió el 7-1 contra Borussia Dortmund, el 6-0 frente a Atlético de Madrid, la eliminación en la previa de Champions ante Midtjylland, las dos derrotas por 4-1 contra Sparta Praha en la Europa League. Estaba en los tropiezos anteriores frente a Ferencváros, AEK Athens y Cluj. Y antes aún, en los 7-1 contra PSG y 7-0 ante Barcelona.

Lleva años coleccionando medallas… y cicatrices.

Pero ni siquiera con ese currículum de golpes parecía preparado para lo que ocurrió en Linz. La victoria por 4-0 en Glasgow había dibujado un Celtic fluido, agresivo, letal. Un equipo que, por fin, parecía haber madurado en Europa. Aquella imagen resultó ser un espejismo que escondía carencias mentales profundas.

El club vuelve al mismo punto de partida. De nuevo frente al tablero de la Champions, como en los días de Kairat, Midtjylland, Ferencváros, Cluj o AEK. Solo que ahora hay un nombre más en la lista: LASK.

Plantilla corta, ambición en entredicho

El análisis deportivo es tan evidente como incómodo. Celtic necesita un suplente fiable para Kieran Tierney en el lateral izquierdo. No lo tiene. Necesita, con urgencia, un mediocampista con presencia física, jerarquía y carácter. Un jugador que no se arrugue cuando el rival aprieta como apretó LASK. Tampoco lo tiene.

El club ha hecho algunos buenos fichajes este verano, sí, pero no los suficientes. Está en beneficio neto en el mercado, una realidad que choca con la magnitud del partido perdido. Cuando terminas un encuentro de 40 millones con una defensa de Ralston, Murray, Trusty y Scales, el mensaje sobre la planificación deportiva es inequívoco: el trabajo no se ha hecho bien.

La palabra “ambición” volverá a sobrevolar el debate. No como concepto abstracto, sino como acusación directa.

Porque esta derrota no solo cuesta dinero. Golpea la autoestima. Reabre viejas heridas que se creían cerradas. Y deja una pregunta incómoda flotando en el aire: ¿cuántas veces más puede Celtic permitirse aprender la misma lección de la forma más dolorosa posible?

Celtic sufre un derrumbe histórico en Europa