Rabiot critica el césped del MetLife Stadium tras el Mundial
Francia arrancó el Mundial con autoridad, 3-1 ante Senegal en New Jersey, pero el foco tras el debut no quedó en los goles ni en el marcador. Se clavó en el césped. O, mejor dicho, en lo que Adrien Rabiot considera que no lo es.
El centrocampista, 31 años, titular y los 90 minutos a cuestas, firmó una asistencia decisiva para el segundo tanto, el de Bradley Barcola. Después, cuando la adrenalina ya bajaba en la zona mixta del New York New Jersey Stadium, rebautizado para la cita mundialista pero conocido por todos como MetLife Stadium, Rabiot no se guardó nada.
“El campo… ni siquiera sé si se puede llamar así. Parecía más una superficie artificial, bastante dura y rígida”, lanzó, sin rodeos.
Un Mundial sobre un tapete improvisado
El MetLife, casa habitual de New York Giants y New York Jets, se ha vestido de fútbol con una solución de urgencia: un césped natural temporal colocado sobre su tradicional superficie artificial. La operación se repite en ocho sedes del torneo, con campos desmontables instalados en 16 estadios, entre ellos el Boston Stadium, donde Escocia abrió su campaña con un 1-0 frente a Haití.
Sobre el papel, el plan permitía transformar templos de la NFL en escenarios de élite para el Mundial. Sobre las botas, la sensación es muy distinta. La fricción, los botes, la dureza al apoyar… los jugadores lo notan desde el primer sprint.
Rabiot no es una voz aislada. Sus palabras encajan con las que ya había dejado caer Vinicius Junior tras el 1-1 de Brasil ante Marruecos en su estreno.
“En la segunda parte, con el calor, el campo se seca muy rápido. El juego se vuelve muy lento y no podemos entrar en nuestro ritmo”, advirtió el brasileño.
Dos selecciones grandes. Dos figuras ofensivas. Un mismo diagnóstico: el césped no está a la altura del torneo que se juega sobre él.
El peso de la historia del MetLife
El problema no nace con el Mundial. El MetLife arrastra desde hace años una reputación incómoda entre los jugadores de la NFL. Su superficie artificial ha sido señalada una y otra vez por la cantidad de lesiones graves que allí se han producido.
El ejemplo más reciente golpeó a los Giants: el receptor Malik Nabers sufrió una rotura del ligamento cruzado anterior en septiembre, otro nombre añadido a la lista de víctimas de la llamada “maldición del MetLife”.
Ahora, con una capa de césped natural colocada sobre esa base, la sensación de rigidez no desaparece. Cambia el color, cambia la textura a simple vista, pero el comportamiento del terreno de juego sigue generando desconfianza.
Cuando el balón corre menos de lo esperado y las articulaciones sufren más de la cuenta, los futbolistas levantan la voz. Rabiot lo hizo tras una victoria. Vinicius, tras un empate. No es rabieta de un mal resultado. Es un aviso.
Un calendario que no espera
El estadio, con capacidad para 78.576 espectadores, no solo ha abierto el Mundial con el triunfo de Francia. Tiene por delante citas de máxima exposición: albergará el último partido de la fase de grupos de Inglaterra ante Panamá, el 27 de junio, y, sobre todo, la final del torneo el 19 de julio.
Antes de eso, el balón seguirá rodando sobre el mismo tapete. Senegal volverá a pisarlo el 22 de junio para medirse a Noruega en el siguiente partido programado en el recinto. Cada encuentro añadirá minutos de desgaste a un césped que ya genera dudas en pleno arranque.
Mientras tanto, en Boston Stadium, Escocia se prepara para regresar al escenario donde ya venció a Haití. Allí disputará su segundo duelo del Grupo C frente a Marruecos, el viernes a las 23:00 BST. Otro de esos campos temporales que el Mundial ha repartido por el mapa, otra prueba de fuego para un plan logístico tan ambicioso como arriesgado.
Las estrellas ya han hablado. El torneo apenas empieza. La pregunta es si el césped estará a la altura cuando llegue el día grande y el mundo entero mire al MetLife en busca de fútbol, no de excusas.





