Neymar regresa a Brasil tras 981 días de ausencia
Neymar vuelve entre lágrimas: 981 días después, Brasil ya tiene a su 10 de regreso
La victoria de Brasil ante Escocia por 3-0 entregó mucho más que el liderato del grupo. Entregó una imagen que el fútbol llevaba casi tres años esperando: Neymar, con la camiseta amarilla, otra vez en el centro del escenario.
Cuando el marcador ya estaba encarrilado y Carlo Ancelotti llamó a Matheus Cunha al banquillo en la segunda parte, el estadio de Miami se levantó. Entraba Neymar. Terminaban 981 días de ausencia con la selección, un vacío que se remontaba a octubre de 2023 y que, por momentos, pareció definitivo.
El peso de un regreso imposible
El contexto de esos casi tres años explica las lágrimas del final. Lesiones encadenadas, una rotura de ligamento cruzado que golpea la carrera de cualquiera y problemas posteriores en los isquiotibiales que pusieron en duda incluso su presencia en este torneo. Más que una pausa, fue una travesía.
Al sonar el pitido final, Neymar ya no pudo contenerse. Se derrumbó entre abrazos, rodeado por sus compañeros y por una figura que lo acompaña desde el mito: Ronaldinho. En medio de ese círculo, el 10 dejó escapar todo lo que había aguantado durante meses. Luego lo reconoció: “Estaba llorando en el vestuario, sí. Doy gracias a Dios por poder ayudar a mi país, estoy muy feliz”.
No era una frase de protocolo. Era la confesión de alguien que vio de cerca el precipicio.
Un Neymar humano, lejos aún de su pico
El partido dejó claro que el corazón iba por delante de las piernas. Ancelotti lo situó como falso nueve, flotando entre líneas, intentando conectar con la segunda línea de ataque. El inicio fue áspero. Lento en la toma de decisiones, demasiado tiempo con la pelota, nueve pérdidas que retrataron a un futbolista todavía fuera de ritmo competitivo.
Se notó la falta de chispa, la falta de timing. Escocia, ordenada, le robó varios balones que antes ni siquiera habría permitido disputar. Durante un buen tramo, Neymar fue más un símbolo que una amenaza.
Pero el talento, incluso oxidado, siempre encuentra una rendija.
Con el paso de los minutos empezó a aparecer. Controló mejor de espaldas, giró con algo más de soltura, buscó el disparo. Obligó al portero Angus Gunn a una intervención de mérito con un derechazo potente desde la frontal, un remate que recordó por un instante al Neymar de los grandes escenarios. Después, desde el córner, colgó un envío envenenado que rozó el cuarto gol de Brasil y encendió otra vez a la grada.
No fue una exhibición. Fue un primer paso. Y, dadas las circunstancias, valía oro.
De Santos al escaparate mundial, entre dudas y fe
El camino hasta esa noche en Miami no fue lineal. De vuelta a Santos, Neymar regresó al club donde empezó todo, pero no lo hizo como héroe triunfal, sino como estrella cuestionada. El equipo coqueteó con el descenso en la liga brasileña y las dudas sobre su estado físico y su nivel se multiplicaron.
¿Podía seguir compitiendo al máximo nivel? ¿Era todavía un jugador para liderar a la selección en una gran cita? Las preguntas se repetían mientras él trataba de sumar minutos y recuperar sensaciones en un entorno mucho menos glamuroso que el de Barcelona o Paris Saint-Germain.
En ese escenario, Ancelotti tomó una decisión que marcó el tono de este Brasil: confiar. No en el Neymar inalcanzable de hace una década, sino en el veterano que conoce los códigos de los grandes torneos y puede ofrecer algo distinto en noches cerradas. El técnico italiano lo sostuvo cuando la opinión pública empezaba a mirar hacia otra generación.
Un rol nuevo en una Seleção distinta
Porque esta Brasil ya no gira únicamente alrededor del 10. La delantera se escribe ahora con nombres como Vinicius Jr, Raphinha o el propio Matheus Cunha, que se han ganado el derecho a ser titulares a base de rendimiento, energía y continuidad.
En este contexto, el lugar de Neymar cambia. Ya no es el punto de partida de todas las jugadas ni el foco indiscutible del ataque. Todo indica que su papel en las eliminatorias será el de acompañante de lujo, recurso de experiencia, pieza para desatascar partidos desde la mediapunta o desde el banquillo. Un secundario ilustre en una Seleção que se ha rejuvenecido sin renunciar a su historia reciente.
La competencia es feroz. Precisamente por eso, su regreso no se mide solo en minutos o en estadísticas, sino en lo que aporta al ecosistema del grupo: jerarquía, pausa, personalidad en los momentos en que la pelota quema.
Brasil manda en el grupo y mira a Houston
Mientras tanto, el equipo sigue cumpliendo con su papel de candidato. El 3-0 ante Escocia confirmó la autoridad de Brasil en el Grupo C, por delante de Marruecos, y aseguró el primer puesto sin sobresaltos. Una fase inicial solvente, con una mezcla eficaz de juventud desatada y experiencia curtida.
El premio es un cruce atractivo en los octavos de final. En Houston, el lunes 29 de junio, la Seleção se medirá al segundo del Grupo F, donde se juegan el pase Países Bajos, Japón y Suecia. Un triángulo de estilos muy distintos que promete un rival exigente desde el primer duelo a vida o muerte.
Brasil llega fuerte, con la tabla de clasificación en la mano y el vestuario encendido. Y, sobre todo, llega con Neymar otra vez dentro del círculo, limpiándose las lágrimas y buscando, a contrarreloj, algo que solo los grandes consiguen: reinventarse sin dejar de ser él mismo.






