Lionel Messi brilla con hat-trick en su debut mundialista
KANSAS CITY, Mo. — Lionel Messi se secó las lágrimas con la parte delantera de su camiseta blanca y celeste, empapada de sudor. No era una imagen habitual: el gesto quebró por un instante la serenidad de siempre, esa calma casi desafiante con la que ha gobernado el fútbol durante dos décadas. Argentina acababa de ponerse en ventaja ante Argelia en su debut mundialista. El torneo recién empezaba. Él ya estaba desbordado.
Luego marcó otra vez. Y otra.
En cuestión de minutos, cualquier duda sobre su isquiotibial, sobre su estado físico a las puertas de cumplir 39 años, o sobre si todavía podía empujar a Argentina hacia un histórico bicampeonato, quedó pulverizada. Con un hat-trick brillante en el 3-0 ante Les Fennecs, Messi alcanzó a Miroslav Klose como máximo goleador histórico de los Mundiales masculinos.
“¿Mis lágrimas después del primer gol? He tenido días difíciles. No tenía que ver con el fútbol. Y esos sentimientos fueron por eso”, explicó después, sin entrar en detalles. “Agradezco a mis compañeros, al cuerpo técnico y a la delegación por ayudarme”.
Un hat-trick con fecha marcada
La noche tenía algo de círculo perfecto. Sus tres goles llegaron exactamente 20 años después de su debut mundialista, aquel partido ante Serbia y Montenegro en el que también marcó. Dos décadas separan a aquel chico de Rosario de este capitán que, con su último triplete, se convirtió en apenas el segundo jugador que anota en cinco ediciones del torneo masculino.
Son ya 16 tantos en seis Mundiales, una cifra que empuja el récord de Klose al borde del derrumbe en las próximas semanas. El de Kansas City fue el hat-trick número 61 de su carrera, el undécimo con la selección y el primero en una Copa del Mundo. También encadenó su quinto partido mundialista consecutivo viendo puerta.
“Me hace muy feliz haber vivido todo lo que me tocó. Lo que estoy viviendo ahora es la frutilla del postre”, dijo Messi. “Estoy muy feliz y agradecido por este grupo maravilloso. Lo disfruto muchísimo”.
El libreto de la noche se escribió con la precisión de un veterano que ya lo ha visto todo. El primer gol, el más cargado de emoción, llegó en los minutos iniciales tras una asistencia sutil de su compañero en Inter Miami, Rodrigo De Paul. El segundo nació de un rebote que cazó con instinto depredador al comienzo del segundo tiempo. El tercero, un disparo seco y limpio, cayó instantes antes de que abandonara el campo ovacionado por los 69.045 aficionados que llenaron la casa de los Chiefs, teñida de celeste y blanco.
“Me deja sin palabras Leo. ¿Qué puedo decir?”, se rindió Lionel Scaloni. “Es increíble”.
Messi, el eje eterno
Messi llegó a este Mundial con una molestia en el isquiotibial que lo había frenado en Inter Miami. Sin embargo, el ganador de ocho Balones de Oro ya había dado señales de estar listo en el amistoso de la semana anterior ante Islandia, donde marcó de penal en apenas 20 minutos de juego y dejó la sensación de tener la máquina a punto.
“Este es mi sexto Mundial y todavía siento que estoy en buena forma”, aseguró. “Por suerte estoy bien, y hoy pudimos ganar un partido duro. Es importante empezar el torneo con una victoria en el primer partido, porque nunca es fácil en un Mundial”.
Su presencia ante Argelia fue, además, la número 200 con la camiseta de Argentina, desde aquel debut en 2005 con 18 años. Solo Cristiano Ronaldo, que alcanzará los 229 partidos con Portugal, y Bader al-Mutawa, con 202 presencias con Kuwait, lo superan. Messi y Ronaldo comparten otra marca exclusiva: son los únicos hombres que han marcado en cinco Mundiales.
“Su clase es permanente”, reconoció el seleccionador de Argelia, Vladimir Petkovic. “Tiene la fortuna de que toda la selección de Argentina trabaja para él, lo respalda, y desde hace años —décadas— hace cosas increíbles”.
En Kansas City, esa estructura volvió a funcionar como un reloj. El equipo se ordenó alrededor de su capitán, que bajó a recibir, aceleró cuando el partido lo pedía y supo frenar cuando la ventaja reclamaba cabeza fría. Nada nuevo, y sin embargo, a esta altura, cada noche suya parece añadir una capa más a una leyenda que ya no sabe de comparaciones.
Un fenómeno que desborda estadios
Argentina eligió el área metropolitana de Kansas City como una de las bases de concentración del torneo. Desde que la campeona del mundo aterrizó en el corazón del país hace dos semanas, la ciudad vive en modo Messi. Camisetas con el 10 en cada esquina, banderas albicelestes colgadas en balcones, murales improvisados. Una fiebre reconocible en cualquier punto del planeta donde él aparece.
El día del debut, miles de aficionados peregrinaron al estadio de los Chiefs, muchos de ellos con el apellido Messi en la espalda, cantando himnos dedicados a su ídolo. En el Power & Light District, en pleno centro, la escena rozó lo simbólico: durante una fiesta para seguir el partido, un cabrito —un “goat”— subió al escenario acompañado por el ex mariscal de campo de la NFL y ahora comentarista de Fox, Jameis Winston, con una camiseta de Argentina.
La broma visual pareció una premonición. Una hora más tarde, Messi marcaba el primero y el debate sobre si es el GOAT, el mejor de todos los tiempos, se hacía aún más irrebatible a cada toque, a cada gol.
La exhibición del rosarino eclipsó incluso a otras dos figuras que también brillaron esa misma jornada. Kylian Mbappé anotó un doblete en el 3-1 de Francia sobre Senegal y se colocó cuarto en la tabla histórica de goleadores del Mundial masculino con 14 tantos. Erling Haaland también firmó dos goles en el 4-1 de Noruega frente a Irak. Desde la distancia, el noruego se rindió en redes: “Messi es un loco”, escribió en Snapchat mientras jugaba Argentina.
Dentro del vestuario albiceleste, nadie se sorprende ya, pero todos siguen disfrutando del privilegio.
“Es una ventaja tener a Leo por cómo maneja al grupo y lo empuja hacia adelante. Por quién es”, explicó De Paul. “No le importan los récords individuales. Prioriza al grupo, y para nosotros es increíble”.
Messi salió entre aplausos, con el récord de Klose al alcance de un solo disparo y un Mundial más por delante. La pregunta ya no es qué más puede hacer. La pregunta es cuántas noches como esta le quedan al fútbol antes de que se apague, por fin, la luz del 10.





