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Matheus Cunha y la nueva identidad de Brasil en el Mundial

El Mundial empieza a dibujarse. Y Brasil también.

El equipo de Carlo Ancelotti ha ido encontrando forma, ideas y colmillo con el paso de la fase de grupos. Cada partido ha sumado algo: automatismos, confianza, una sensación creciente de que el once ya no se busca, se reconoce. Y llega el momento de la verdad: Japón espera en octavos, un rival que no perdona distracciones.

En medio de ese proceso, un nombre se ha convertido en eje silencioso de casi todo: Matheus Cunha.

Un “nueve y medio” que rompe el molde

Brasil siempre imaginó a su delantero centro con una silueta muy concreta: Ronaldo, Adriano, Romario. Un nueve de área, pesado en el marcador, dueño del último toque. Cunha no es eso. Y ahí está precisamente la revolución.

Se mueve entre líneas, sale del área, conecta, genera. Es un “nueve y medio”: puede fijar como delantero centro, pero también bajar a la zona del diez, dar continuidad al juego y fabricar ocasiones para los demás. No es un enganche clásico, tampoco un goleador puro. Y, sin embargo, ya suma tres tantos en este Mundial.

Su valor no se mide solo en cifras. Le da a Brasil algo que, como tipo de delantero, prácticamente no había tenido. No es el heredero directo de los grandes nueves de los últimos 30 años, pero abre un capítulo nuevo en la manera de entender el ataque de la Seleção.

Hay algo en Cunha que recuerda mucho a Roberto Firmino. Esa costumbre de retroceder, de arrastrar al central, de sembrar la duda. Si el defensa lo sigue, se abre una autopista para Vinicius Jr y Rayan. Si lo suelta, Cunha recibe entre líneas, gira, filtra un pase o arma el disparo. Siempre obliga a decidir. Y casi siempre elige bien.

Acepta, además, una carga de trabajo que no siempre se ve en un delantero de Brasil. Inicia la presión, a veces se coloca casi como un seis por delante de los mediocentros, cierra líneas de pase, marca el primer ritmo defensivo. Ese sacrificio sostiene el equilibrio de un ataque que ha encontrado armonía sin perder filo.

De la duda al plan: el nueve que apareció entre lesiones

Brasil llegó a este Mundial con una rareza histórica: sin un nueve indiscutible. Hasta el amistoso contra Escocia, nadie podía asegurar quién sería el delantero titular. Ancelotti probó casi todo el abanico: Cunha, Igor Thiago, Endrick, Joao Pedro, Richarlison. La jerarquía no estaba escrita.

A veces, las lesiones terminan de escribir lo que la pizarra duda. Eso le ocurrió a Brasil. Raphinha, jugador brillante pero de movimientos más anárquicos, arrancó el torneo como pieza central: actuó de diez ante Marruecos, pero también puede partir de cualquiera de las bandas. Se mueve, se mezcla, aparece por dentro y por fuera.

Su lesión muscular ante Marruecos abrió la puerta a otro tipo de perfil. Entró Rayan, un extremo más fijo, más de ocupar y estirar la banda derecha. Con Vinicius en la izquierda y Rayan anclado en la derecha, el espacio central se despejó. Y Cunha lo hizo suyo.

Muchas veces se encuentra solo en esa zona, rodeado de líneas de pase, con metros para recibir, girar y decidir. Justo lo que su juego pide. El ataque de Brasil se ordenó alrededor de ese triángulo: amplitud en las bandas, inteligencia y movilidad en el centro.

Eso no significa que las alternativas hayan desaparecido. Igor Thiago sigue ofreciendo un perfil más físico, ideal para escenarios donde Brasil deba colgar balones o fijar centrales dentro del área. Pero la sensación, hoy, es que el equipo respira mejor con Cunha como referencia móvil.

Ancelotti, el estratega que no necesita el 70% del balón

Detrás de todo esto está la mano de Ancelotti. Se habla mucho de su gestión de vestuarios, de su calma, de su capacidad para sacar la mejor versión de sus futbolistas. Pero a veces se olvida que, tácticamente, también marca diferencias.

Esta Brasil no se obsesiona con la posesión. No quiere el balón por sistema ni necesita monopolizarlo para sentirse dominante. No busca el 70% de tenencia como sello de identidad. Prefiere algo más incómodo para el rival: dejarle la pelota… y la trampa.

Ante Escocia, el plan fue evidente. Brasil cedió la iniciativa, orientó la salida del rival hacia zonas concretas y, cuando los escoceses entraron en el embudo diseñado por Ancelotti, llegó el golpe. El primer gol nació de esa presión programada. El segundo, anulado de forma polémica, también. No fue casualidad: ya se habían visto patrones similares en los amistosos previos frente a Panamá y Egipto.

No tenía la pelota, pero sí el control. Esperó el momento exacto para apretar, con la intensidad justa, en el lugar correcto. El guion no hablaba de posesión, hablaba de dominio.

La pregunta sobre la “identidad” de Brasil —equipo ofensivo, defensivo, de posesión, de contraataque— pierde fuerza con este enfoque. Con Ancelotti, la forma se adapta al contexto, al rival, al minuto. Si los jugadores son capaces de interpretar distintos registros, ¿por qué encadenarlos a uno solo?

Una Brasil nueva, con laterales contenidos y un Casemiro protegido

El cambio no se ve solo arriba. También está en la estructura defensiva. Es el primer Mundial en mucho tiempo en el que Brasil no vive de laterales desatados, lanzados permanentemente al ataque como Roberto Carlos, Cafu, Maicon, Marcelo o Dani Alves. Esta vez, Douglas Santos y Roger Ibanez o Danilo ofrecen algo más sobrio, más prudente.

Esa contención tiene un efecto inmediato: Vinicius puede permanecer más alto, más fresco, más cerca del último tercio. No necesita bajar tanto a cubrir la banda porque detrás hay un lateral que prioriza el orden. El resultado es una línea de cuatro atrás que transmite solidez, menos exposición y menos sobresaltos.

El ajuste también llegó al centro del campo. El debut ante Marruecos dejó a Casemiro demasiado solo, obligado a cubrir demasiado terreno. Las críticas le apuntaron a él, pero el problema era estructural. Nunca fue un mediocentro de ir a todos lados al mismo tiempo, y menos con 34 años.

Ancelotti corrigió. Del 4-2-3-1 inicial se pasó a un 4-3-3 más estable. Si Bruno Guimarães se suelta al ataque, Casemiro ya no queda aislado: Lucas Paquetá se cierra a su lado y el equipo mantiene densidad en la zona crítica. El efecto se notó contra Haití y Escocia, partidos donde Brasil controló mejor las transiciones y protegió mejor su espalda.

Ese ajuste será clave frente a Japón, un equipo mucho más fluido, rápido y peligroso entre líneas que Haití o Escocia. Ahí se verá si esta nueva estructura resiste cuando el nivel del desafío sube un peldaño más.

Un país que pasa del miedo a la ilusión

Los números acompañan la sensación: solo un gol encajado hasta ahora, siete a favor. Pero en Brasil las estadísticas son apenas el telón de fondo. Lo que importa es ganar. Ganar y convencer. Ganar y hacer sonreír a la gente.

Antes del debut, el ambiente estaba cargado de ansiedad. Después del primer partido, la preocupación se multiplicó. Tres encuentros más tarde, el tono ha cambiado: del murmullo de la duda al ruido de la ilusión.

El equipo se siente en camino. El entrenador ha encontrado piezas y variantes. Matheus Cunha se ha ganado un lugar central en el discurso y en el césped. Los rivales ya lo han visto, ya lo han estudiado, ya saben lo que ofrece. Pero su inteligencia y su lectura del juego prometen mantenerlo un paso por delante.

Ahora llega Japón. Octavos de final. Eliminación directa. El margen de error se reduce a cero. Brasil ha dejado claro que no será la copia de sus versiones anteriores.

La cuestión es otra: ¿hasta dónde puede llegar esta Brasil distinta, más pragmática, pero igual de peligrosa?