Lucas Herrington y la tragedia del Mundial: un penalti fallido que marcará su carrera
Lucas Herrington no merecía convertirse en el rostro de esta derrota devastadora. Con 18 años, ya había hecho historia como el titular más joven de los Socceroos en un Mundial. Ahora quedará atado para siempre a una de las grandes tragedias del fútbol australiano.
Su penalti, un toque de interior buscando seguridad más que brillo, se elevó demasiado y se estrelló con violencia en el travesaño. En cuanto el balón rebotó hacia el cielo de Arlington, Awer Mabil corrió directo hacia él. No fue un gesto cualquiera: fue el reconocimiento instintivo de un dolor que le acompañará toda la vida.
Cuando Egipto cerró la tanda unos segundos después, Herrington se dio la vuelta, casi huyendo de esa portería que acababa de traicionarlo, y llevó una mano a su melena rizada. Se dobló sobre sí mismo, intentando esconderse del mundo. Jackson Irvine llegó primero, leyéndole la angustia en la cara. Poco después apareció Nestory Irakunda, una cabeza más bajo, para envolverlo en un abrazo largo, silencioso. Son el futuro de Australia. Pero en ese instante no había mañana, solo un presente insoportable.
Australia tendrá que esperar al menos otros cuatro años para volver a perseguir esa victoria esquiva en las rondas eliminatorias de un Mundial. Y será difícil sacudirse la sensación de que, tal vez, no vuelva a tener una oportunidad tan propicia en mucho tiempo.
Herrington, claro, no fue el único que soñará con repetir la tanda. Harry Souttar abrió la serie con el peso de 120 minutos en las piernas. Se le notaba drenado, exprimido. Su lanzamiento se fue alto, también por encima del travesaño, y entregó de inmediato la iniciativa a Egipto. A partir de ahí, los Pharaohs ya no la soltaron.
Ni siquiera el movimiento desesperado de Tony Popovic en los últimos instantes, dando entrada al capitán Maty Ryan como comodín para los penales, cambió el guion. Egipto convirtió sus cuatro lanzamientos. No hizo falta ni llegar al quinto.
Primera Parte
Hasta el descanso, el Mundial había sido un desierto para los Socceroos: tres horas sin marcar y un 1-0 en contra que pesaba como plomo. El ánimo ya era bajo cuando Jordy Bos probó apoyar su rodilla izquierda tras un choque y descubrió que ni siquiera podía caminar sin dolor. El golpe emocional fue tan duro como el físico.
En la primera parte, Australia apenas había encontrado resquicios en la defensa egipcia. Un puñado de medias ocasiones, poco más, en un tramo convertido en un duelo táctico de desgaste, con ambos equipos obsesionados con esquivar la presión rival más que con desarmarla.
Y pensar que el inicio había encendido la ilusión australiana. Un latigazo de Cristian Volpato que rozó el travesaño y una carrera furiosa de Bos dentro del área habían dibujado un horizonte prometedor. Se borró de golpe con el gol inicial de Egipto.
Australia cedió metros con demasiada facilidad por su banda derecha, en una presión mal sincronizada que se deshilachó. En la frontal, en una acción dividida, Irvine se vio sorprendido por Ziko y acabó cometiendo falta. El aviso estaba ahí.
El libre directo lo ejecutó Emam Ashour. Su disparo chocó en el propio Irvine, pero la jugada no murió. El balón volvió a entrar al área, la zaga australiana se perdió en las marcas y el número 8 egipcio apareció solo en el segundo palo para cabecear a la red. Un recordatorio brutal de la pegada de Egipto. De repente, los Socceroos se vieron a remolque.
Segunda Parte
La segunda parte arrancó con otro susto. Sin Bos en el campo, Kai Trewin saltó para su debut mundialista, colocado como lateral derecho. Diez segundos. Eso fue lo que tardó su par en rozar el 2-0 en una acción descontrolada que amenazó con sentenciar la noche.
Australia logró calmarse. Y, a partir de ahí, hizo algo que no había conseguido en todo el torneo: marcar estando por detrás en el marcador. Oficialmente, la estadística se lo adjudicó como autogol a Mohamed Hany. Pero el envío de Aiden O’Neill merecía algo más que una nota al pie.
Desde el costado izquierdo del área, O’Neill dibujó una pelota preciosa, alta, envenenada, que cayó justo en la zona donde los defensas dudan y los porteros no llegan. Hany, descolocado, terminó desviándola hacia su propia portería. Australia respiró. Apenas era un hilo de aire, pero bastó para devolver la vida al partido.
El escenario no ayudaba a soltar nervios. Rodeado por 24.000 plazas de aparcamiento, este recinto techado de Arlington es una catedral deportiva, un templo del espectáculo estadounidense que ahora también se presta al fútbol. La noche, sin embargo, ofreció poco para seducir a los escépticos. Entre interrupciones, pausas y ritmo cortado, el encuentro se fue a los 100 minutos de juego con apenas cuatro remates a puerta entre ambos equipos. Un combate más de tensión que de belleza.
Para los hinchas australianos y egipcios, eso sí, el duelo se convirtió en una tortura de mandíbula apretada. Con el 1-1 congelado en el marcador, cada centro colgado parecía una sentencia. Los despejes eran actos de supervivencia. Patrick Beach respondió con puños firmes. La zaga egipcia, pese a sus desventajas físicas en algunos duelos, se las ingenió para minimizar daños.
Momentos Finales
En los minutos finales del tiempo reglamentario apareció, por fin, el capitán de Egipto. Mo Salah se encendió cuando el partido parecía pedir héroes. Primero puso un centro medido a la cabeza de Ramy Rabia, que ya celebraba por dentro hasta que Beach voló para desviar por encima del larguero. Luego probó suerte con un disparo propio. Y todavía tuvo tiempo de fabricar otra ocasión clara que Souttar bloqueó in extremis, cuando el balón ya viajaba hacia la base del palo.
Si había dudas sobre el estado físico de Salah, esa secuencia las disipó. También el gesto que le dedicó a Souttar en el sorteo previo a la prórroga: una sonrisa amplia, de quien se sabe listo para seguir.
El capitán egipcio, sin embargo, también mostró su lado humano. En el inicio del tiempo extra, una pelota rebotada le cayó botando, franca, en el área. Su remate se fue alto, por encima del travesaño. Un suspiro colectivo recorrió media Australia.
El reloj avanzó, implacable. Egipto terminó cercando el arco de Beach, lanzando oleadas de centros y segundas jugadas. Australia resistió como pudo. Ninguno de los dos encontraba el golpe definitivo. Los dos perseguían la misma línea en la historia: su primera victoria en una fase eliminatoria de un Mundial. Solo había espacio para uno.
La tanda de penales dictó el veredicto. Y a un chico de 18 años le tocó cargar con la imagen más cruel de la noche. El resto de su carrera dirá si este es el comienzo de una historia de redención o la cicatriz que siempre quema cuando suena el himno y el balón se coloca en el punto fatídico.





