Lincoln City vuelve a Segunda pero Portsmouth arruina la fiesta
Sesenta y cinco años después, Lincoln City volvió a acoger fútbol de segunda categoría. Había lleno, banderas, un estadio rebautizado como ProAmpac Stadium y un aire de día histórico. Pero quien acabó celebrando fue Portsmouth.
El equipo de John Mousinho se impuso 3-1 y arruinó la fiesta de los Imps, que no jugaban a este nivel desde 1961.
Un adolescente silencia el ProAmpac
Lincoln salió como un vendaval. Energía, presión alta, ocasiones rápidas. Adam Reach obligó pronto a lucirse a Nicholas Schmid con una falta que el guardameta desvió por encima del larguero. Poco después, Ben House se plantó solo ante él en el minuto cinco, pero volvió a encontrarse con el portero de Portsmouth.
Parecía cuestión de tiempo que el primer gol cayera del lado local. Cayó, sí, pero en la portería contraria.
Con apenas 17 años y en su primera titularidad con los visitantes, el cedido de Chelsea Ryan Kavuma-McQueen aprovechó la primera ocasión clara de Pompey. Controló y cruzó raso al palo más lejano para firmar su primer gol en el fútbol profesional y silenciar de golpe el entusiasmo de los 10.545 aficionados presentes.
El golpe dejó tocado a Lincoln. Y Portsmouth olió sangre.
Golpe de falta y reacción desde los once metros
Abu Kamara fue derribado al borde del área y el balón quedó perfecto para el guante de Adrian Segecic. El mediapunta golpeó fuerte, la barrera desvió lo justo y el 0-2 subió al marcador. Dos llegadas claras, dos goles. Máxima eficacia visitante ante un Lincoln que pagaba su falta de puntería.
Pese al doble mazazo, el plan de Chris Cohen y Tom Shaw no se desmoronó. Lincoln mantuvo su ritmo agresivo y su fe en el área rival encontró premio poco después de la media hora.
Adam Reach conectó un disparo dentro del área y Zak Swanson, en su intento por bloquear, tocó el balón con la mano. Penalti. Reeco Hackett asumió la responsabilidad y no titubeó: ejecución firme, Schmid a un lado, balón al otro. 1-2 y el ProAmpac volvía a creer.
Los Imps, que no perdían un partido de liga en casa desde hacía más de diez meses —desde aquella derrota ante Exeter City a comienzos de octubre—, se marcharon al descanso con la sensación de estar vivos en el duelo y con el público empujando.
El banquillo sentencia
Tras el descanso, el partido se movió en un hilo. Un gol de Lincoln prometía una tarde épica; uno de Portsmouth, el cierre definitivo. Ese equilibrio lo rompió un hombre que empezó en el banquillo.
Ebou Adams saltó al campo y, a 25 metros de la portería, encontró el espacio y el momento. Controló, levantó la cabeza y soltó un derechazo seco, imparable, que se coló como un misil. Un golazo que puso el 1-3 y apagó buena parte de la esperanza local.
El tanto de Adams supuso un golpe casi definitivo para las aspiraciones de remontada de Lincoln. Aun así, el equipo no bajó los brazos. Empujó hasta el final, fiel a su estilo, y rozó el 2-3 en el tiempo añadido: un disparo de Rob Street se desvió en un defensa, el balón tomó una parábola extraña y terminó estrellándose en el larguero. El estadio contuvo la respiración. No bastó.
Sin más margen para el milagro, la tarde terminó sin la dosis de drama que pedía el ambiente.
Un día histórico, un aviso de realidad
En las gradas, uno de los espectadores más observados era Ron Fowler, antiguo copropietario de San Diego Padres y ahora inversor principal de Lincoln City. El estadounidense, que tomó el control del club en plena marcha hacia el ascenso la pasada temporada, presenció de primera mano el contraste entre la ilusión del salto a Championship y la dureza de la categoría.
Lincoln llega a este curso tras un ascenso logrado con uno de los presupuestos más modestos de League One. Para competir un peldaño más arriba, el club ha empezado a romper techos propios: este verano pagó por primera vez más de un millón de libras por un traspaso con la llegada del rumano Andrei Coubis, y se espera que vuelva a batir su récord con el fichaje del delantero danés Mikkel Ladefoged desde Vasteras SK.
Todo eso en un club que hace apenas una década peleaba por salir de las profundidades del fútbol no profesional y que en 2002 sobrevivió gracias a sus aficionados, cuando la administración amenazó con llevarse por delante más de un siglo de historia.
Sesenta y cinco años después de su última aventura en la segunda categoría, Lincoln City ha vuelto al escaparate grande. El estreno en casa recordó, de golpe, que el salto no es un simple ascenso: es un cambio de mundo. Y ahora la pregunta es clara: ¿podrá este proyecto, sostenido en una fe casi obstinada y en una inversión medida, adaptarse a la velocidad que exige Championship antes de que la realidad le pase por encima?






