El error de VAR en el derbi de Mánchester: la prisa que costó un gol
“¡Rápido, rápido, rápido, rápido! ¡Vamos, vamos, vamos, vamos, vamos!”
La voz acelerada de Matt Donohue, árbitro asistente de vídeo, retumba ahora como prueba sonora de uno de los errores de VAR más graves que ha visto la Premier League. En plena revisión del gol de la victoria de Erling Haaland en el derbi de Mánchester, el reloj pareció importar más que la jugada.
El objetivo era ser ágil. Acabó siendo catastrófico.
Porque Donohue y su asistente en la sala de vídeo, Blake Antrobus, pasaron por alto algo que a cámara lenta resulta casi grotesco: Enzo Fernández estaba tres metros en fuera de juego antes de intentar cabecear el balón. Tres metros. Sin líneas ajustadas al milímetro, sin duda interpretativa. Un fuera de juego de manual.
El gol subió al marcador. Manchester City derrotó 1-0 a Manchester United. Y el debate sobre el VAR volvió a encenderse con furia.
La prisa que lo cambió todo
El arbitraje siempre ha vivido bajo el microscopio. Con el VAR, la lupa se hizo todavía más grande. La Premier League, presionada por entrenadores, aficionados y encuestas internas, marcó para esta temporada un principio claro: “aplicación más eficiente del VAR para reducir las demoras”.
El mensaje caló. Tal vez demasiado.
“¡Vamos, vamos, vamos, vamos!”, insistía Donohue en la comunicación interna. No sonaba a control. Sonaba a urgencia. A ansiedad. A todo lo contrario de lo que se espera de un árbitro de vídeo: calma, método, frialdad.
El entorno no ayuda. Se repite una y otra vez que las pausas son insoportables, que el juego se rompe, que el VAR tiene que decidir más rápido. En la encuesta de la propia Premier League a entrenadores, técnicos y aficionados, la gran demanda fue clara: más velocidad en las decisiones.
La presión existe. Pero no justifica un fallo de este tamaño.
Incluso Enzo Maresca, entrenador de City y beneficiado directo del error, mostró cierta comprensión el miércoles al hablar del asunto. Recordó la dificultad de decidir en 10 o 20 segundos. Que todos se equivocan: entrenadores, jugadores, árbitros. Que forma parte del oficio.
La reflexión es válida. No borra lo ocurrido.
El fallo clave: ver el trozo, no la jugada
La velocidad influye, sí, pero el error más grave de Donohue y Antrobus llegó antes de esa carrera final hacia la decisión.
En la revisión, Donohue pidió al operador de repeticiones que detuviera la imagen en la primera toma en la que Josko Gvardiol tocaba el balón para centrar al área. A partir de ahí, pasó directamente al sistema semiautomatizado de fuera de juego.
Ahí se rompió el protocolo.
El equipo de VAR tenía que haber revisado toda la acción: desde el centro de Gvardiol hasta el remate de Haaland. Solo así se habría visto con claridad la posición y la influencia de Enzo Fernández. Solo así se entiende el contexto completo de la jugada.
No lo hicieron. El caos dentro del área no se analizó hasta que se entró en la fase de ataque. Y cuando por fin miraron ahí dentro, la jugada ya estaba fragmentada en su cabeza: lo único que importaba era si Fernández tocaba o no la pelota. Si lo hacía, se generaba una nueva fase y Haaland quedaba en fuera de juego. Si no, el gol era válido.
El foco se estrechó tanto que lo esencial desapareció de la pantalla mental del equipo de vídeo: la posición claramente antirreglamentaria de Fernández antes de intervenir.
Un AVAR en silencio y un “check complete” fatal
La mayoría de las críticas se han dirigido a Donohue, pero el papel —o la ausencia de él— de Blake Antrobus también pesa. Mucho.
El AVAR está ahí para equilibrar, para preguntar, para frenar si hace falta. Su función es ser el segundo par de ojos que evita que el VAR principal pase algo por alto.
En esta revisión, su aportación se redujo a un “no, yeah” sobre el posible toque de Fernández. Un comentario de un segundo. Justo antes de que Donohue sentenciara: “decisión final es gol, revisión completada”.
Nada más. Sin insistir en revisar la posición del argentino. Sin ampliar el campo de visión. Sin cumplir ese papel de contrapeso que el sistema necesita para no derrumbarse en noches como esta.
El contraste es llamativo. Esta temporada solo ha habido una revisión de VAR realmente larga: más de cuatro minutos para anular un gol de Dan Ballard por un fuera de juego subjetivo de Kevin Danso en un Brentford–Sunderland. El AVAR en aquel partido también era Antrobus. Y recibió críticas durísimas por la demora.
¿Pudo influir ese recuerdo en su comportamiento el domingo? No hay forma de saberlo. Pero el paralelismo está ahí. Entonces, Antrobus ayudó al VAR Tim Wood a llegar a la decisión correcta, pese a la espera. Ahora, con el reloj como enemigo, no levantó la mano cuando más falta hacía.
Una cadena de control que no saltó
El error no se detuvo en la sala de operaciones de Stockley Park. Allí también se sienta un “support VAR”, una figura de apoyo encargada de vigilar el cumplimiento del protocolo y con capacidad para intervenir.
Vio, o debió ver, cómo se desarrollaba la revisión. No actuó.
Incluso después del gol, todavía había margen. El protocolo permite corregir durante el intervalo entre el tanto y el saque de centro. La jugada era salvable. No se salvó.
Pro Ref ha invertido recursos, tiempo y formación para que el VAR sea más rápido y más preciso. Centros de operaciones, tecnología semiautomatizada, programas específicos para especialistas de vídeo. Todo ese andamiaje se tambalea cuando se cuela un error tan grosero. No hay inversión que lo maquille.
El perfil de Donohue y el espejismo del “especialista VAR”
Las voces que piden “especialistas de VAR” se han multiplicado. Pero eso, precisamente, es lo que es Matt Donohue según la propia definición de la Premier League.
Hace tres temporadas, Pro Ref lanzó una convocatoria para árbitros interesados en centrarse en el vídeo. Los candidatos pasaron pruebas de aptitud, filtros, formación intensiva. Unos 15 llegaron a la fase final. Una decena ha trabajado ya en partidos de Premier.
Entre ellos, Donohue. El del domingo fue su partido número 65 como árbitro de vídeo en la máxima categoría. Su progresión había sido tal que ya figura en la lista internacional y ha sido designado para encuentros clasificatorios de competiciones de clubes de Uefa este verano.
Ha cometido errores, como casi todos. Es la prueba de lo difícil que es el rol. Solo dos VAR, Nick Hopton y Neil Davies, ambos surgidos del mismo programa acelerado, mantienen un registro limpio en las dos últimas temporadas.
Convencer a árbitros para que cuelguen el silbato y pasen su carrera encerrados en la sala de vídeo no es sencillo. Tampoco es garantía de éxito. Los dos únicos VAR a tiempo completo que nombró la Premier League tras su retirada, Lee Mason y Mike Dean, fueron destituidos por Howard Webb a los pocos meses de su llegada al mando, después de acumular errores de peso.
Ni siquiera los modelos más radicales aseguran paz. En España, en La Liga y en Segunda, existe un grupo de árbitros que solo actúan como VAR y nunca pisan el césped. Basta repasar los titulares de los últimos años para comprobar que la polémica es tan intensa allí como en Inglaterra. Al inicio de la pasada temporada, el VAR ni siquiera detectó que el autor de un gol estaba en fuera de juego en el momento del pase.
El especialista, por sí solo, no es una vacuna.
La obsesión por el reloj, el verdadero enemigo
Pro Ref tendrá que explicar cómo un VAR termina corriendo desesperado en la revisión de uno de los partidos más grandes del curso. Por qué nadie levantó el freno de mano. Por qué el protocolo se encogió hasta dejar fuera lo esencial.
No siempre fue así. El curso pasado, el tanto del empate de West Ham en el descuento ante Arsenal fue anulado tras una revisión que se fue más allá de los cuatro minutos. Hubo críticas por la espera, sí, pero la decisión fue correcta.
Ahí está el dilema que atenaza al fútbol moderno: el miedo al reloj frente al miedo a equivocarse.
La Premier League ha logrado reducir las demoras de VAR —incluyendo el anuncio del árbitro al público— de 46 a 36 segundos de media por partido respecto a la temporada anterior. Un éxito en la hoja de cálculo. Un triunfo discutible cuando el precio es un fuera de juego de tres metros en un derbi que puede marcar una temporada.
La otra gran pifia de la campaña, el penalti no señalado a favor de Arsenal en el campo de Aston Villa, también llegó tras una revisión fugaz. Otra jugada limpiada demasiado rápido. Otro ejemplo de cómo la obsesión por la fluidez puede dinamitar la esencia del VAR: corregir errores claros y manifiestos.
La tecnología, el personal especializado, los centros de operaciones… todo eso sostiene el sistema. Pero cuando el fútbol convierte la rapidez en dogma, cuando el “vamos, vamos, vamos” suena más fuerte que el “mira bien, revisa todo”, el riesgo es evidente.
No es solo un fallo de una sala en Stockley Park. Es un síntoma de algo más profundo. Una pregunta incómoda para una liga que presume de ser la referencia mundial: ¿hasta qué punto está dispuesta la Premier a sacrificar precisión en el altar de la velocidad?






