Egipto rompe el techo de cristal en el Mundial
Egipto necesitó 120 minutos, una tanda de penaltis y todos los nervios posibles para derribar por fin una barrera histórica. Australia cayó de rodillas. Mohamed Salah, con 34 años y tocado físicamente, terminó llorando de alegría. El fútbol, esta vez, eligió el drama largo.
Tony Popovic se guardó un último truco: justo antes de los penaltis mandó al campo al veterano Mathew Ryan, especialista bajo palos, en un giro desesperado de guion. No bastó.
Los lanzamientos se ejecutaron frente a la grada egipcia, un muro de ruido, banderas y silbidos. El primer impacto llegó de inmediato: Harry Souttar, central y líder de la zaga australiana, mandó su penalti por encima del larguero. Golpe directo a la confianza de los Socceroos.
Los siguientes cinco ejecutores no fallaron. Entre ellos, Salah, que transformó el suyo con una frialdad insultante, como si no llevara semanas arrastrando una lesión muscular. El estadio se detuvo un segundo antes de celebrar. El capitán no tembló.
El desenlace se acercaba. Lucas Herrington, defensa de 18 años, caminó hacia el punto de penalti con el peso de un país emergente a la espalda. Su disparo superó a Mostafa Shoubir, pero no al travesaño. El balón rebotó en la madera y Egipto vio la puerta abierta.
Abdelmaguid no la desaprovechó. Ajustó su lanzamiento, batió a Ryan y selló la clasificación. Salah se desplomó, esta vez no por dolor, sino por puro desahogo. Al otro lado, Australia se quedaba vacía, con la mirada fija en el césped.
Un golpe temprano que cambió el guion
El partido había arrancado con una advertencia australiana. Apenas habían pasado cinco minutos cuando Cristian Volpato, el hombre que cambió Italia por Australia justo antes del Mundial, sacudió el travesaño con un disparo violento. El rugido oceánico se ahogó en el metal.
Egipto, que ya había saboreado su primera victoria mundialista en la fase de grupos ante New Zealand, no terminaba de asentarse. Nervios en la salida, dudas atrás. Y, sin embargo, golpeó primero.
Hossam Hassan vio el hueco donde otros no miraban. Karim Hafez encontró espacio por la izquierda y puso un centro tenso al segundo palo. Nestory Irankunda perdió la marca y Emam Ashour, entrando desde atrás, cabeceó con decisión. Minuto 13, 1-0 y segundo gol del torneo para el centrocampista.
Ese tanto obligó a Australia a salir de su zona de confort. Un equipo que apenas había marcado dos veces en la fase de grupos se veía ahora forzado a atacar, a morder, a exponer sus costuras ante más de 70.000 espectadores en el hogar climatizado de los Dallas Cowboys.
La respuesta tardó. Antes del descanso, solo un intento tímido: Aziz Behich, desde el lateral, probó suerte con un disparo centrado que Shoubir atrapó sin problemas. En la portería egipcia había historia: su padre, Ahmed, defendió el arco del país en el Mundial de 1990. El hijo firmaba su propia página.
Golpe físico, respuesta mental
El primer tiempo se fue ensuciando. Salah, limitado por el reciente problema en los isquiotibiales, apenas aparecía. Pocas carreras, casi ninguna arrancada de las que rompen partidos. El duelo se jugaba en otra parte.
La escena más dura llegó justo antes del descanso. Jordan Bos, uno de los futbolistas más rápidos del torneo, quedó tendido tras una entrada aérea contundente de Rabia. El carrilero necesitó ayuda para abandonar el campo y no volvió. Kai Trewin ocupó su lugar tras el intermedio, un contratiempo serio para el plan de Popovic.
Nada más reanudarse el juego, Egipto rozó la sentencia. Omar Marmoush, atacante del Manchester City, se encontró con una ocasión clarísima en el área pequeña. Controló, definió… y la pelota se perdió a un lado del poste. Australia respiró. Y se agarró a esa vida extra.
El aviso despertó a los Socceroos. El partido se volvió más físico, más áspero, exactamente el escenario que el seleccionador egipcio había temido en la previa. Y de una jugada a balón parado llegó el castigo.
Un libre directo cerrado, muy cargado de jugadores, cayó en el corazón del área. Mohamed Hany, sometido a una presión feroz, cabeceó hacia su propia portería y superó a Shoubir. 1-1. Segundo autogol del torneo para el lateral egipcio. Australia no había necesitado demasiada sutileza para volver a la vida.
Egipto empuja, Australia resiste
El empate desató el vértigo. Ninguna de las dos selecciones había ganado jamás un partido de eliminación directa en un Mundial masculino. La historia estaba ahí, al alcance de una jugada, de un error, de un destello.
Egipto empezó a crecer. Con el cronómetro apretando, el equipo de Hossam Hassan adelantó líneas y fue encerrando poco a poco a los Socceroos. Salah, aún lejos de su mejor versión, se integró más en la circulación, participó en la previa de las acciones más peligrosas y arrastró marcas, aunque sin esa chispa eléctrica que le hizo leyenda en Liverpool.
Ya en el tiempo añadido, Ramy conectó un remate que olía a sentencia. Patrick Beach voló y sacó una mano espectacular para mantener con vida a Australia y forzar la prórroga. Una parada de portero grande en un escenario grande.
Los 30 minutos extra confirmaron la tendencia: Egipto mandaba, Australia aguantaba. Salah tuvo una ocasión clara al inicio del tiempo extra, pero su disparo con la pierna derecha se marchó muy por encima. Las piernas pesaban, las ideas también. La tanda de penaltis se veía venir desde lejos.
Cuando el árbitro señaló el final de la prórroga, nadie se sorprendió. Solo quedaba el cara o cruz.
La noche en que Egipto aprendió a ganar así
Desde los once metros, la selección egipcia mostró una serenidad que había echado de menos en otros torneos. Ningún lanzamiento se marchó fuera. Ningún tirador se encogió. Con la grada propia empujando y un país entero pendiente, los africanos se comportaron como si llevaran años acostumbrados a este tipo de noches.
Australia, en cambio, pagó la falta de puntería en el momento más cruel. Primero Souttar, después Herrington. Dos defensas, dos fallos, dos heridas que tardarán en cicatrizar.
Para Egipto, este triunfo vale mucho más que un simple pase de ronda. Es la primera victoria en un cruce mundialista, un muro que durante décadas pareció inamovible incluso para una nación con siete Copas de África en sus vitrinas.
Para Salah, es la confirmación de que aún puede liderar incluso cuando el cuerpo no acompaña. No necesitó un gol en juego abierto, ni una carrera de 60 metros. Bastó con aparecer en el punto exacto, en el instante preciso, con la sangre fría de siempre.
Australia se marcha con la sensación de haber rozado algo grande. Golpeó al larguero en el inicio, remontó el golpe anímico del 1-0, igualó con carácter y llevó a Egipto al límite. Pero en los penaltis no hay matices: se gana o se pierde.
Esa diferencia, esta vez, la marcó Egipto. Y el Mundial ya sabe lo que significa ver a los Faraones sobrevivir a una noche así.






