Egipto supera a Australia en penaltis y avanza a octavos
En Dallas, bajo un calor espeso y una tensión que cortaba el aire, Egipto se sacudió años de fantasmas desde los once metros y se metió en los octavos de final del World Cup. Lo hizo a la vieja usanza: sufriendo, resistiendo y sentenciando a Australia en una tanda de penaltis dramática tras un 1-1 que se estiró hasta la prórroga.
Cuatro lanzamientos, cuatro goles egipcios. Dos errores australianos. Y una noche que cambia el pulso de toda una generación.
Un inicio eléctrico y un cabezazo liberador
El partido arrancó con aviso serio de Australia. Muy pronto, Cristian Volpato cazó un balón a media distancia y soltó un derechazo que rozó el larguero. El estadio contuvo el aliento. Era el tipo de golpe que puede descolocar a cualquiera en un escenario así.
Egipto no se encogió. Al contrario. Se adueñó de la pelota, empezó a encontrar pases por dentro y a empujar a los Socceroos hacia su área. El premio llegó pronto. En el minuto 13, un centro al segundo palo encontró completamente solo a Emam Ashour. El mediocampista, sin oposición, giró el cuello y colocó un cabezazo limpio para abrir el marcador. Un gol sencillo en apariencia, pero fruto de un dominio claro.
Australia respondió con una transición que dejó a Zico mano a mano, aunque su disparo salió desviado y la jugada quedó anulada por fuera de juego. Un susto, nada más. Hasta el descanso, la selección africana manejó el ritmo, mucho más cómoda que su rival, que vivía de chispazos aislados.
Ocasión perdida y castigo inmediato
Nada más volver de vestuarios, Egipto tuvo la opción de sentenciar. Omar Marmoush, recién sacado de centro, se plantó con espacio para definir. Tenía ángulo, tenía tiempo. Su remate, cruzado, se marchó fuera por poco. Era el 2-0 que habría cambiado la noche.
Ese fallo dejó la puerta entreabierta. Y Australia, sin demasiada claridad, se metió en el partido a base de insistir. El empate llegó de la forma más cruel para los egipcios: balón colgado al área, desvío mínimo y Mohamed Hany que, en su intento de despejar, peina hacia atrás y manda la pelota a su propia portería. Gol en propia meta y 1-1.
El impacto psicológico fue evidente. Egipto perdió algo de fluidez, Australia ganó metros y confianza. El partido se volvió más trabado, más físico, con las defensas imponiéndose a los ataques. Pero el desenlace del tiempo reglamentario aún guardaba una última sacudida.
En el 90+4, Ramy Rabia se elevó en el área y conectó un cabezazo potente que ya se cantaba como gol. Patrick Beach, espectacular toda la noche, voló para meter la mano y desviar por encima del larguero. Una parada decisiva que mandó el duelo a la prórroga y que, por unos minutos, pareció cambiar el destino del encuentro.
Salah aparece, pero el gol se resiste
La prórroga trajo un cambio de guion: apareció Mohamed Salah. El capitán, hasta entonces intermitente, empezó a pedir cada balón, a encarar, a retar a la defensa australiana. Sus conducciones abrieron grietas donde antes no las había. Egipto volvió a mandar.
Australia, cansada, se replegó. Aguantó como pudo, cerrando espacios, defendiendo cada centro como si fuera el último. Salah lo intentó de todas las formas posibles, pero siempre faltó el último toque, el último desmarque, la última pared. El marcador no se movió.
Y entonces llegó la decisión que lo cambió todo: en el minuto 119, Tony Popovic retiró a Beach, héroe del descuento, para dar entrada a Mat Ryan exclusivamente para la tanda de penaltis. Un movimiento valiente, calculado, que añadió una capa extra de presión al guion.
Para Egipto, el escenario era inquietante. Cuatro tandas de penaltis consecutivas perdidas en los últimos años. Un especialista entrando fresco. Un historial que pesaba. Y, sin embargo, esta vez la historia iba a escribirse de otra manera.
La tanda que lo cambió todo
El primer lanzamiento marcó el tono. Harry Souttar, encargado de abrir la serie para Australia, mandó su disparo por encima del larguero. Un rugido recorrió la grada. La maldición ya no estaba del lado egipcio.
Los lanzadores de Egipto respondieron con una serenidad impropia de un equipo golpeado tantas veces desde los once metros. Uno tras otro, transformaron sus penaltis con frialdad, incluido Salah, que optó por un gesto de enorme personalidad: Panenka suave, centrada, mientras Ryan se vencía a un lado. Un capitán que no solo marca, también envía un mensaje a los suyos.
Australia se mantuvo con vida gracias a sus aciertos intermedios, pero cuando la serie entró en su tramo decisivo, el margen de error se redujo a cero. Tras cinco lanzamientos convertidos en total entre ambos equipos, Lucas Herrington se plantó ante el balón obligado a marcar. Ajustó demasiado. La pelota golpeó el larguero y se marchó hacia arriba. Otro fallo, otra oportunidad para Egipto.
La responsabilidad final recayó en Abdelmaguid. El silencio en el estadio fue casi absoluto. Carrera corta, mirada fija, golpe seco. Envió a Ryan hacia un lado y la pelota al contrario. Gol. Clasificación. Estallido.
Egipto completó así una tanda perfecta: cuatro penaltis, cuatro goles, ningún fallo. Australia, con dos errores de sus defensores Souttar y Herrington, quedó fuera del torneo.
Un paso histórico y un cruce mayúsculo
En el césped, la escena lo decía todo. Jugadores egipcios derrumbados sobre el pasto, otros corriendo hacia Salah, abrazos interminables. Enfrente, los australianos, abatidos, conscientes de haber firmado un torneo competitivo, pero condenados por los pequeños detalles.
Tony Popovic lo resumió con amargura contenida: su equipo mostró que el fútbol australiano es fuerte, pero el World Cup se terminó para ellos en la ruleta más cruel.
Para Egipto, el significado va mucho más allá de un simple pase a octavos. Es una liberación tras años de golpes desde el punto de penalti, una confirmación de carácter en un escenario gigantesco y la puerta abierta a un cruce de enorme peso simbólico: Argentina o Cape Verde esperan en la siguiente ronda.
En el horizonte, la posibilidad de ver a Salah frente a Lionel Messi en un duelo de octavos que huele a cita histórica. Egipto ya ha demostrado que sabe sufrir. Ahora le toca averiguar hasta dónde puede llegar cuando el miedo a los penaltis ya no le mira desde el pasado.





