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Suecia en el Mundial 2026: El efecto Potter transforma el equipo

El plan

La clasificación de Suecia para el Mundial de 2026 no fue un camino tortuoso. Fue un desastre en toda regla. Un punto en los primeros cuatro partidos con Jon Dahl Tomasson en el banquillo, juego plano, dudas por todas partes y la sensación de que el torneo en Norteamérica era un sueño perdido. La derrota por 1-0 ante Kosovo en octubre de 2025 fue la gota que colmó el vaso y el danés salió por la puerta de atrás.

Entonces reapareció un viejo conocido del fútbol sueco: Graham Potter. El técnico que convirtió a Östersund en un fenómeno, que los llevó desde la cuarta categoría a la Allsvenskan, que levantó una copa nacional y que se atrevió a tumbar al Arsenal en la Europa League. El país sabía quién era. Y él sabía perfectamente dónde aterrizaba.

Con Potter, Suecia giró el timón hacia lo que siempre había sido su seña de identidad: bloque compacto, defensa testaruda, contragolpe afilado. El inglés había declarado que prefería una defensa de cuatro, pero cuando llegaron los playoffs no dudó: 5-3-2, líneas juntas, riesgo mínimo atrás y máxima eficiencia en las transiciones. Primero, sobrevivir. Después, golpear.

La Nations League abrió una puerta inesperada de regreso al proceso de clasificación y Suecia la atravesó a lo grande. En la semifinal, en España, se midió a Ucrania y apareció Viktor Gyökeres con un hat-trick que cambió el tono de toda una campaña. 3-1, autoridad, aire en los pulmones de un equipo que venía ahogado.

La final contra Polonia fue otra historia. Mucho más áspera, mucho más sufrida. Los polacos mandaron durante largos tramos, silenciaron a Suecia, la empujaron hacia su área. Pero cuando el reloj marcaba el minuto 88, Gyökeres volvió a decidir. 3-2 en un partido eléctrico y un país entero desatado. El propio Potter lo describió como la mejor noche de su carrera, una experiencia casi irreal mientras veía a todo el banquillo sueco correr hacia la celebración del gol.

Así, con solo dos puntos en seis partidos de la fase de grupos de clasificación, Suecia terminó reservando billete para el Mundial. Un giro de guion brutal. Ahora espera un grupo con Túnez, Países Bajos y Japón. Nadie habla de milagros, pero sí de algo que parecía extinguido hace meses: esperanza. Eso, hoy, es el efecto Potter.

El problema es que el viaje a Norteamérica llega con una ausencia que lo condiciona todo: Dejan Kulusevski. El capitán no estará y su peso en este equipo es enorme, casi imposible de exagerar. Suecia pierde liderazgo, creatividad y una referencia emocional. Para completar el cuadro, las dudas sobre el estado físico y la forma de Alexander Isak no desaparecen, aunque el delantero marcó tras salir desde el banquillo en un inquietante 3-1 encajado ante Noruega el 1 de junio, un partido en el que el desequilibrio fue alarmante.

El seleccionador

En octubre de 2025, Graham Potter ya había dejado caer el anzuelo. En una entrevista con Fotbollskanalen no se limitó a mostrar simpatía por el cargo. Fue casi una invitación pública. “Tengo sentimientos por Suecia. Amo el país y amo el fútbol sueco. Entrenar a la selección sería una oportunidad increíble para mí, absolutamente”, dijo. Pocos días después, ya estaba sentado en el banquillo de Blågult.

El inicio no fue perfecto. No ganó ninguno de sus dos primeros partidos. Aun así, la federación sueca quedó tan convencida de su proyecto que en marzo le ofreció una ampliación de contrato hasta 2030. Un gesto de fe poco habitual en un contexto de resultados urgentes. Potter, que habla un sueco muy sólido, encontró en este puesto casi un refugio tras etapas durísimas en Chelsea y West Ham. En lugar de la trituradora diaria de la Premier League, un proyecto de selección, un país que lo recuerda por lo que construyó, no por lo que se torció.

La estrella

Alexander Isak protagonizó el traspaso más caro de la historia de la Premier League cuando dejó Newcastle para fichar por Liverpool por 125 millones de libras. Un movimiento colosal que, sin embargo, no ha tenido un primer año sencillo en Anfield. Aun así, en la selección ya no hay debate: el talismán se llama Viktor Gyökeres.

El delantero del Arsenal también sufrió al principio en su nuevo club, pero llega al Mundial con el motor en marcha. Marcó cuatro de los seis goles suecos en los dos partidos de playoff. Dos noches que lo consolidaron como la gran referencia ofensiva del equipo y lo elevaron a ídolo nacional con su tanto agónico frente a Polonia.

Su celebración, inspirada en Bane, el personaje interpretado por Tom Hardy en la película The Dark Knight Rises, se ha convertido en un fenómeno viral. Desde Malmö hasta Kiruna, aficionados de todas las edades han subido sus propias versiones del gesto. Más que un simple delantero en forma, Gyökeres se ha transformado en el rostro del renacimiento sueco.

El jugador a seguir

Más allá de Benjamin Nygren, de Celtic, hay un nombre que puede ganar protagonismo en Norteamérica: Gustaf Lagerbielke. El central de Braga firmó una actuación decisiva en la final del playoff ante Polonia. Gol de cabeza, imponente, y una noche casi perfecta controlando a Robert Lewandowski.

Su historia añade una capa de magnetismo. Exjugador de Celtic, barón y nada menos que 254º en la línea de sucesión al trono sueco. Un defensa con título nobiliario que se ha ganado el respeto a base de duelos ganados y presencia aérea. Se habla ya de un posible salto a una de las cinco grandes ligas este verano. Un buen Mundial no solo reforzaría a Suecia; también podría reordenar el mercado de centrales en Europa.

El héroe silencioso

Para que Suecia sobreviva a un grupo tan delicado, tendrá que imponerse en batallas muy específicas. Ante una selección neerlandesa cargada de talento técnico y una Japón tenaz, rápida y también muy técnica, el centro del campo será una trinchera. Y ahí aparece Jesper Karlström.

Capitán del Udinese, Karlström es un centrocampista de maduración tardía. Tardó en asentarse en Djurgården antes de dar el salto a Lech Poznan, en Polonia. En ese camino habló abiertamente de su adicción al juego y de cómo el club y su familia lo ayudaron a salir del pozo. Hoy, a los 30 años, es el prototipo de mediocentro posicional: fuerte en la entrada, lectura limpia del juego, capacidad para marcar el ritmo cuando el partido se desordena.

Su serenidad será vital en Norteamérica, rodeado de jóvenes como Yasin Ayari y Lucas Bergvall. Ellos ponen piernas y descaro. Él, pausa y criterio. Si Suecia logra domar los partidos ante Países Bajos y Japón, será difícil que no aparezca el rastro de Karlström en cada recuperación clave.

La grada: cerveza, cánticos y amarillo

En los grandes torneos, los aficionados suecos no se limitan a aparecer. Invaden. Blågult viaja en masa, colorea las ciudades de amarillo y azul y se hace oír. Su reputación es clara: seguidores ruidosos, festivos, abiertos al intercambio de bromas con la afición rival.

El himno no oficial del desplazamiento es “Kanna på”, un cántico que gira en torno a jarras de cerveza que nunca dejan de llegar. El mensaje es tan sencillo como contundente: los suecos disfrutan el viaje tanto como el fútbol. “Venimos con 100.000 hombres”, proclama la canción. No habrá una nueva invasión vikinga en América, pero nadie duda de que la delegación amarilla y azul será masiva.

Y mientras el país se prepara para animar a un equipo renacido, queda una pregunta flotando sobre el Atlántico: ¿es este Mundial el último gran baile de la vieja Suecia pragmática o el primer capítulo de una nueva era bajo Graham Potter?

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