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Egipto hace historia con su primera victoria en un Mundial

ARLINGTON, Texas — Mohamed Salah aún no sabe si habrá otro Mundial en su carrera. Lo que sí sabe, desde anoche, es que ya es el capitán que llevó a Egipto a su primera victoria en una fase de eliminación directa de una Copa del Mundo. Eso no se borra.

En un estadio repleto, con 70.244 aficionados en el hogar de Dallas Cowboys, muchos vestidos de rojo, Egipto sobrevivió a Australia tras un 1-1 y se impuso 4-2 en la tanda de penaltis. El último disparo, el que desató el rugido, fue de un defensa que nunca había marcado con su selección: Hossam Abdelmaguid.

Un héroe inesperado en la tanda

La serie desde los once metros arrancó torcida para Australia. Harry Souttar abrió la tanda y mandó el balón por encima del larguero. Un aviso de lo que se venía. Egipto no falló.

Mahmoud Saber, Ramy Rabia y Salah marcaron con frialdad. El capitán, con 34 años y un Mundial a cuestas en las piernas, jugó todos los minutos de partido y prórroga pese a la lesión de isquiotibiales sufrida en el último duelo de la fase de grupos. Aun así, pidió el balón. Y convirtió.

Australia se sostuvo gracias a Jackson Irvine y Awer Mabil, que sí acertaron. Pero cuando el joven de 18 años Lucas Herrington estrelló el cuarto penalti australiano en el travesaño, el destino del partido quedó servido para Egipto.

Abdelmaguid, 25 años, 15 partidos internacionales y ni un solo gol en su hoja de servicios, caminó hacia el punto de penalti con el peso de la historia sobre los hombros. Miró al frente, tomó carrera y golpeó raso a la izquierda. Mathew Ryan se lanzó al lado contrario. El resto fue ruido, banderas y lágrimas.

De la nada a la historia

Hasta hace menos de dos semanas, Egipto no sabía lo que era ganar un partido de Mundial. Ni uno. Lo rompió con un 3-1 ante Nueva Zelanda en la fase de grupos. Ahora, en su cuarta participación y en el primer torneo con 48 selecciones, ya está en octavos de final y con una noche para siempre en su memoria.

En la banda, Hossam Hassan vivió la tanda como exdelantero que fue y como seleccionador que es. El máximo goleador histórico de Egipto, al que Salah persigue a solo un tanto de distancia, confesó que durante los penaltis solo tenía una idea en la cabeza: que su pueblo fuese feliz. Antes de cada lanzamiento, insistió a sus jugadores en lo esencial: olvidarse de la presión, centrarse en el golpeo, no mirar al portero.

Funcionó.

Un inicio eléctrico, un giro cruel

Egipto había encendido pronto la ilusión. A los 13 minutos, Emam Ashour apareció desde segunda línea y atacó el área con decisión. Su cabezazo, ajustado al primer palo, sorprendió a Patrick Beach y abrió el marcador. Un gol de manual: centro preciso, llegada al espacio y fe en el remate.

La ventaja pudo ampliarse nada más arrancar la segunda parte. Omar Marmoush se plantó con una ocasión inmejorable para el 2-0. Su disparo salió desviado. Un suspiro. Y una advertencia.

El castigo llegó en el minuto 55, y de la forma más cruel posible. Aiden O’Neill colgó una falta desde el costado izquierdo del área egipcia. Mohamed Hany, defensor, saltó para despejar, pero su cabezazo tomó la dirección equivocada y batió a Mostafa Shoubir. Segundo autogol de Hany en este Mundial, tras el que ya había marcado contra Bélgica en la fase de grupos. De repente, de héroe potencial a protagonista involuntario de una estadística amarga.

Lo más duro: hacía menos de diez minutos, Hany había quedado tendido en esa misma zona del campo tras un choque aéreo con Connor Metcalfe. Entraron las asistencias, se preparó la camilla, se temió una conmoción. El lateral, sin embargo, siguió. Y acabó en la fotografía que ningún jugador quiere.

Para Australia, la maldición del gol propio se alarga: sus dos únicos tantos en fases de eliminación directa de un Mundial han llegado por autogoles rivales. Ante Italia en 2006 (1-0) y frente a Argentina en Qatar 2022 (2-1), y ahora este tanto forzado por O’Neill y firmado por Hany.

Un cambio en la portería que no dio rédito

El duelo llegó a la prórroga con Egipto empujando. Beach, portero de 22 años y solo seis apariciones con la camiseta de los Socceroos, sostuvo a los suyos con varias intervenciones de mérito. En el tramo final del tiempo reglamentario voló para sacar un cabezazo de Rabia y, segundos después, blocó sin apuros un disparo de Salah.

También apareció Souttar para salvar a Australia sobre la línea, desviando con la rodilla un remate de Haissem Hassan que olía a gol.

Cuando el partido entraba en su fase definitiva, Tony Popovic tomó una decisión valiente: sustituyó a Beach y dio entrada a Mathew Ryan, 34 años, 105 partidos con la selección, para afrontar la tanda de penaltis. La experiencia contra el impulso del joven.

La apuesta no salió. Ryan no detuvo ninguno de los cuatro lanzamientos egipcios. Y Australia volvió a despedirse de un Mundial en octavos, esta vez desde los once metros. “Duele cuando estás tan cerca”, admitió Popovic. La herida tardará en cerrar.

Salah, Hassan y una cita en Atlanta

Mientras se desataba la celebración, Salah se permitió un momento de pausa. Reconoció que lo vivido estaba entre los mejores días de su vida. No hablaba de su gol, ni de sus registros. Hablaba de los rostros en la grada, del vestuario, de esa felicidad compartida que pocas veces ofrece el fútbol a una generación entera.

Egipto ya no es solo la selección que llegaba al Mundial sin victorias. Es el equipo que supo levantarse de un autogol devastador, que sobrevivió a la tensión de una prórroga abierta y que encontró en un defensa sin goles internacionales el pie firme para entrar en la historia.

El premio es mayúsculo: un cruce de octavos en Atlanta ante el vigente campeón, Argentina, o ante la sorprendente Cabo Verde. Un gigante o un recién llegado con hambre.

Sea cual sea el rival, Egipto llegará con algo nuevo en su equipaje: la certeza de que ya sabe ganar cuando no hay red debajo. Y con un capitán que, pase lo que pase con su futuro, ya dejó una marca imborrable en el Mundial.