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Dublin y la crisis de confianza: ¿el final de una era?

La resaca de la cuarta derrota seguida en casa dejó a Dublin tambaleándose, pero el sorteo de la Round 2B les tendió la mano: Cavan, el rival más amable que podían haber imaginado en este punto de su caída. Aun así, ni siquiera eso invita ya a la confianza ciega.

Cavan, al fin, dio señales de vida fuera de casa ante Westmeath, llevando a los campeones de Leinster al límite. No es el típico sparring dócil. Y Dublin ya no es el monstruo que arrasaba campos sin mirar atrás.

Hace apenas unos años, los Dubs firmaron un marcador abultado en Kingspan Breffni en un partido de grupo. Otro contexto, otro clima, otra aura. Entonces se respiraba inevitabilidad. Hoy, duda. Vista la deriva reciente, lo lógico es pensar que sobrevivirán a esta ronda, pero la frase que antes parecía ridícula ahora suena realista: con este Dublin, ya no se puede dar nada por hecho.

Lejos de Croke Park, lejos del espejo

Hay, al menos, un alivio silencioso en la capital: el sorteo los saca de Croke Park. En otro tiempo, ese estadio era su fortaleza, su escenario favorito, su pista de baile. Ahora, las amplias avenidas de Croker parecen desnudar sus debilidades, sobre todo las de un equipo cuya media de edad ya no casa con ese tipo de exigencia física y de espacios.

El golpe anímico no se limita al césped. La imagen de la grada el pasado fin de semana fue demoledora. Unas 16.000 personas para un partido de Dublin en casa, y con una porción nada desdeñable apoyando a Louth. Para un equipo que vivió años de caravanas de seguidores, de ruido constante, de culto casi permanente, el contraste es brutal. La famosa “bandwagon” se ha marchado. Y eso cala dentro del vestuario.

En la era de Pillar Caffrey ya llenaban, incluso antes de empezar a coleccionar All-Irelands. Había una sensación clara de viaje hacia arriba, de proyecto en ascenso. Ahora, después de haberse dado un auténtico banquete de títulos, el relato ha cambiado: el equipo parece en declive, saturado de gloria, con la curva ya descendente.

Para quienes compitieron contra ellos en la década de 2010, hay un punto de ironía amarga en todo esto. “¡Qué bien, los cabrones esperaron hasta ahora para derrumbarse!”, le comenté a Manzy en Clones el domingo pasado, entre risas y recuerdos de batallas antiguas. Pero en el fondo, era inevitable.

El final de una era, como siempre

Durante nuestros años en activo, cundió el pánico: se repetía que el dominio de Dublin sería una constante eterna, un paisaje inamovible del fútbol gaélico. Nunca terminó de cuadrarme. El deporte no funciona así. Mantener una hegemonía absoluta durante décadas es casi imposible. Dublin lo hizo durante mucho tiempo, más que la mayoría. Pero al final, todo gran equipo se desarma.

Las piezas clave se van, las leyendas se retiran, las generaciones doradas dan paso a grupos más verdes, menos dotados. Mientras tanto, los rivales trabajan en la sombra. Estudian, copian, mejoran, se adaptan. Su hambre crece justo cuando la del campeón mengua, saciado de medallas y finales.

Es un patrón universal, da igual el deporte o el continente.

En el caso de Dublin, se suma otro factor: su maquinaria de cantera ya no parece ser la apisonadora de principios de la década pasada. Todos escuchamos hablar de la generación de Ciarán Kilkenny y Jack McCaffrey, del talento que asomaba en cada categoría. Los resultados recientes no cuentan la misma historia. Ni a nivel provincial ni, mucho menos, en All-Ireland.

Añadamos al cóctel la irrupción del nuevo paquete de reglas, justo cuando muchos de los colosos de la última década se acercaban al final de su ciclo y los jóvenes aún no estaban listos para ocupar ese espacio. El timing fue nefasto para ellos. El bloque veterano había perfeccionado el juego con las normas pre-FRC; el año pasado todo cambió de golpe. El tablero se movió justo cuando su núcleo se hacía mayor.

Destellos arriba, grietas abajo

No todo es ruina. El ataque de Dublin, en su mejor versión, sigue siendo capaz de volar. En la primera parte ante Louth, cuando encontraron ritmo, movieron la pelota con fluidez. Con Con O'Callaghan en estado de gracia, su delantera todavía puede parecer la de los viejos tiempos.

Ya habían dejado un par de primeras mitades convincentes esta temporada, especialmente en los partidos de liga contra Roscommon y Armagh. El problema es el mismo una y otra vez: sostener esa intensidad durante 70 minutos. El brillo inicial se apaga demasiado pronto.

En la banda, Ger Brennan regresará tras una sanción desproporcionada por su “lucha libre” en Pearse Stadium. En la previa nos preguntábamos si ese sentimiento de injusticia, sumado al malestar interno por las declaraciones de Niall Moyna, podría encender algo dentro del grupo. Un “todos contra nosotros” clásico. El domingo pasado, esa chispa no apareció.

Lo más preocupante, sin embargo, está atrás. La defensa es un mar de dudas. Cada vez que un rival se les echa encima con carrera y convicción, la ansiedad se palpa. Hay nervios, indecisión, un temblor que se hizo carne en el gol decisivo de Craig Lennon en los minutos finales: un tanto durísimo de encajar para cualquier equipo que aspire a algo serio.

Y sí, duele decirlo, pero cuando el rival coge vuelo, Dublin llega a parecer incluso más vulnerable que Mayo. Y eso ya es decir.

Mayo, victoria y vértigo

Mayo, al menos, aprovechó la ruta de ganadores hacia la Round 2, aunque la implosión del segundo tiempo volvió a encender todas las alarmas defensivas. Fue un partido loco, incluso para sus estándares. Y con Mayo y Monaghan en el mismo campo, ¿qué otra cosa se podía esperar?

La primera parte rozó la perfección. Ryan O'Donoghue y Kobe McDonald clavaron dos-pointers de escándalo, uno tras otro. El viento soplaba con fuerza, pero daba la impresión de que Mayo había construido un colchón suficiente.

Esa sensación se reforzó a mitad del segundo tiempo. El enigma era cómo Monaghan seguía tan atrás en el marcador después de la catarata de ocasiones de gol en los primeros minutos tras el descanso. Jack Livingstone firmó un debut soberbio, para mí el mejor del partido, aunque otros no lo vieron igual. De algún modo, la red de Mayo seguía intacta.

Hasta que apareció Bobby McCaul.

El explosivo delantero se escurrió entre líneas, marcó, y el último cuarto se convirtió en un torbellino. Mayo perdió el control del reloj, del espacio y del pulso. La gestión del tramo final dejó mucho que desear. Se puede conceder cierta indulgencia porque enfrente estaba Monaghan, un equipo con una dosis de locura y valentía que descoloca incluso a los mejores cuando el partido se rompe.

Al final, todo se redujo a una acción: Kobe subiendo a por el balón en el centro del campo en la última jugada. Lo aseguró, y el estadio pudo exhalar. Andy Moran, en la banda, parecía atrapado entre el alivio y la perplejidad. Para la afición de Mayo, el pitido final no trajo certezas, sino más interrogantes.

Omagh en el horizonte

Las primeras respuestas —o nuevas dudas— llegarán en Omagh. Mayo ya firmó allí una victoria de peso ante Tyrone la temporada pasada, aunque no bastó para salvar su campaña. Como casi siempre con ellos, la guía de forma sirve de poco. Un día parecen candidatos al título; al siguiente, un equipo al borde del colapso.

Dublin viaja a Kingspan Breffni con el eco de su pasado reciente retumbando en la cabeza y un presente que ya no intimida. Mayo se dirige a Omagh con la adrenalina de la victoria y el miedo a sus propios fantasmas defensivos.

La pregunta no es solo quién avanzará, sino otra más incómoda: ¿estamos viendo el simple bache de dos gigantes, o el principio de una reconfiguración profunda en el mapa del fútbol gaélico?