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Thomas Tuchel y el reto de la Nations League tras la derrota ante Argentina

Thomas Tuchel ha vuelto a dejarse ver por los estadios de la Premier League. Y, en uno de esos palcos VIP, dejó una frase que resume su presente. “La gente me está matando”, dijo el seleccionador de Inglaterra. Todavía.

Han pasado dos meses desde el 2-1 ante Argentina en las semifinales del Mundial en Estados Unidos y la herida sigue abierta. Duele. A los jugadores, al cuerpo técnico, a la Federación, a los aficionados. Fue una derrota que dejó una mezcla de devastación, rabia y frustración. Y la sensación de que se escapó algo irrepetible.

Desde ahí, el relato se parte en dos.

Entre la ira y el reconocimiento

Por un lado, un sector ruidoso de la grada no perdona. No ha digerido que se escapara un 1-0 a falta de cinco minutos. Señala a Tuchel sin matices. Para ellos, el seleccionador tiró una semifinal de Mundial.

En el otro extremo, muchos miran el cuadro completo. Inglaterra alcanzó las semifinales por cuarta vez en su historia. Lo hizo con personalidad, con picos de fútbol muy alto y con noches que se quedarán grabadas. La victoria en octavos ante México en el Azteca, con todo en contra, fue una de esas noches. El pase en cuartos ante Noruega, tras una prórroga asfixiante, también. Y el 3-1 a Croacia en el debut de la fase de grupos fue un torbellino.

El cierre con triunfo ante Francia en el partido por el tercer puesto dio forma al mejor Mundial de Inglaterra desde 1966. No es un detalle menor. No es “nada”.

Tuchel, sin embargo, siente más el golpe de los críticos que el respaldo de los moderados. Sigue tocado por la reacción al Mundial. Y desconcertado: Inglaterra no pisa unas semifinales cada cuatro años. No es rutina. Ni mucho menos.

Un ciclo nuevo, la misma presión de siempre

Esa tensión le acompaña ahora que arranca su siguiente ciclo, con la vista puesta en la Eurocopa 2028, en la que Inglaterra será coanfitriona. Este viernes anunciará la lista para los cuatro primeros partidos de la Nations League: España en casa, doble duelo ante Czechia y visita a Croacia.

Tuchel quiere mirar hacia adelante. La Federación también. Sabe que le conviene soltar el lastre del 2-1 ante Argentina, por muy desmedidas que considere algunas críticas y por mucho que hayan distorsionado la percepción de lo que fue el torneo.

Hay un motivo por el que se habla del cargo de seleccionador de Inglaterra como un trabajo imposible. El nivel de expectativa es desorbitado. La reacción a cada derrota es un juicio sumarísimo. Y ese clima termina afectando al propio equipo en el siguiente paso. Un círculo vicioso que solo se rompe de una forma: ganando.

La FA, al menos, le ofrece un ancla. Confía en él. Y no es una frase vacía. No tenía previsto despedirlo ni siquiera si Inglaterra hubiera caído ante la República Democrática del Congo en octavos. Aquella noche fue una de las más tensas que se recuerdan con Inglaterra: 0-1 abajo a un cuarto de hora del final, Tuchel preguntándose si su Mundial se acababa ahí… hasta que Harry Kane apareció con dos goles que evitaron un desastre con ecos de Islandia 2016. Solo por eso, dirían algunos, ya merecería el Balón de Oro.

La FA valoró, y mucho, cómo los cambios de Tuchel alteraron partidos durante el torneo. Valoró el espíritu del grupo, esa “hermandad” de la que tanto habló el técnico. No era un eslogan para la cámara. Era real. Y en Wembley se aferran a ello. Para la Federación, la idea de que Tuchel debió dimitir o ser cesado tras alcanzar una semifinal roza lo absurdo.

La semifinal que no se olvida

Tuchel llegó a Estados Unidos con una misión declarada: poner la segunda estrella sobre el escudo. No lo logró. Su discurso de “vida o muerte”, que matizó algo durante el torneo, hizo que el golpe final fuera todavía más duro. Pero también planteó una cuestión incómoda: ¿qué se habría dicho si, en lugar de apuntar al título, hubiese hablado de cuartos o semifinales como objetivo suficiente?

Inglaterra partía como cuarta cabeza de serie. En privado, en la FA se dudaba de que el equipo pudiera ir más allá de su ranking y ganar el título, sobre todo tras ver el cuadro. El calendario fue envenenado: debut tardío, gran intervalo entre el primer y segundo partido de grupo y, después, una secuencia comprimida.

A eso se sumaron viajes largos, calor extremo y partidos que desgastaron al límite. El duelo a 10 hombres contra México en la altura del Azteca y los 120 minutos ante Noruega en Miami, con 40 grados, dejaron huella. Y esa factura física se presentó, con intereses, en la segunda parte contra Argentina.

Ahí está el punto que persigue a Tuchel. En la reanudación, con Argentina lanzada en modo furia total, no consiguió sacar nada de sus jugadores. Inglaterra empezó a hundirse mucho antes de la pausa de hidratación. Ya vivía en su propio área, aferrada al 1-0.

En ese momento, Tuchel tomó la decisión más discutida de su etapa: Ezri Konsa por Anthony Gordon, cinco atrás, bloque bajo y supervivencia pura. El seleccionador lo vio como la jugada de porcentaje, la opción menos mala con los datos que tenía delante. No funcionó. Y cuando un plan defensivo se derrumba, la imagen es devastadora. Inglaterra nunca logró cambiar el ritmo del partido ni sostener el balón. Eso también es responsabilidad del entrenador.

¿Habrían cambiado las cosas con un enfoque más valiente desde el banquillo? Es imposible saberlo. El hecho es que Inglaterra terminó claramente superada. Y ese final sigue marcando el debate.

Nations League como banco de pruebas

Ahora llega una oportunidad distinta. Inglaterra vuelve al Grupo A de la Nations League, con partidos exigentes desde el primer día. Nada más grande que recibir a España en Wembley el próximo sábado.

El contraste con el ciclo anterior es evidente. Estar en el Grupo B, con duelos más sencillos ante Irlanda, Finlandia y Grecia, terminó siendo más perjudicial de lo que la FA imaginaba. Ni siquiera Grecia en Wembley fue un trámite: 1-2 y derrota sonrojante. La fase de clasificación al Mundial tampoco apretó demasiado. La esperanza en St George’s Park es que esta Nations League ofrezca el tipo de tensión competitiva que el equipo necesita para llegar afilado a la Eurocopa.

Tuchel afronta la convocatoria con varios quebraderos de cabeza. Probablemente no podrá contar con cuatro mundialistas por lesión: John Stones, Dan Burn, Djed Spence y Jordan Henderson. Eso abre la puerta a defensas que empujan fuerte: Tino Livramento, Levi Colwill, Jarrad Branthwaite y Lewis Hall reclaman sitio.

En el centro del campo, la gran incógnita es Kobbie Mainoo. Su Mundial fue un borrón, casi no apareció. Sin embargo, está rindiendo bien en Manchester United pese al mal inicio del equipo. Alex Scott y Myles Lewis-Skelly sueñan con volver a la lista. Lo mismo que Cole Palmer y Phil Foden para el rol de mediapunta.

Más dudas en las bandas: Eberechi Eze y Noni Madueke no han arrancado bien la temporada en Arsenal. En cambio, hay mucha expectación en torno a Josh King y Ryo Ngumoha. Y en punta, Dominic Calvert-Lewin y Liam Delap llegan con energía y argumentos.

El tono lo dirá todo

Este viernes, todas las miradas apuntarán a Tuchel. No solo a los nombres que lea, también a cómo los explique. Su tono será casi tan importante como su pizarra.

Porque ya comprobó lo que ocurre cuando se encierra en una postura demasiado defensiva. En el banquillo. Y frente a los micrófonos.

La pregunta es si Inglaterra, y su seleccionador, están preparados por fin para dejar de mirar a Argentina y empezar, de verdad, el camino hacia 2028.