Son Heung-min y su autenticidad en el All-Star de la MLS
Son Heung-min llegó al All-Star de la MLS con una etiqueta que le persigue desde hace años. “The nice guy”, como le llama Ashley Westwood. El tipo amable. El que sonríe siempre. El que nunca dice que no.
Detrás de esa imagen hay algo más pesado: el peso de un continente entero.
En Corea del Sur es icono nacional; en Asia, referencia absoluta. Para muchos, el mejor futbolista que ha dado la región. Esa grandeza, sin embargo, no siempre se siente como un premio. Este verano volvió a comprobarlo.
Llegó al Mundial sumido en una sequía de goles y se marchó sin marcar, eliminado en la fase de grupos. En el partido decisivo empezó en el banquillo. Dolió. Al terminar, prometió hacer lo que fuera necesario para recuperar el corazón de su gente.
No es que le falten capítulos gloriosos: su impacto en Tottenham, los 56 goles con la selección, a solo dos de Cha Bum-kun. Son precisamente esos éxitos los que han mantenido el foco sobre él con una intensidad casi inhumana.
Con el tiempo, entendió que solo había una forma de vivir bajo esa luz: con honestidad. Durante toda su vida adulta se le ha exigido algo cercano a la perfección. Sabía que no iba a ser perfecto. Pero podía ser él mismo. Dentro y fuera del campo, casi siempre ha bastado.
“Solo soy yo”, dice. “No aparezco de una forma diferente. Como podríamos decir, falso. Obviamente no a todo el mundo le voy a gustar, no toda la gente va a ser fan mía, pero intento ser yo mismo. Intento ser humilde. Intento ser agradecido con la gente que siempre me apoya. Este soy yo. Nunca muestro algo falso en mis cosas”.
En Estados Unidos, esa autenticidad forma parte del contrato. Un jugador de su talla no firma solo como futbolista, también como embajador. Son lo ha entendido rápido: cada entrevista es una oportunidad para acortar la distancia con quienes le siguen.
“Después de todas las entrevistas, todos los podcasts”, explica, “cuando la gente me ve en una dirección diferente, o me ve de otra manera, me hace más feliz, porque siento que la distancia es un poco más corta”.
Esta semana, miles pudieron verle aún más de cerca. Y valió la pena.
Un All-Star que le devolvió a los 16 años
Para alguien de su estatus, sería fácil quejarse del All-Star: viajes incómodos, fechas apretadas, obligaciones sin fin. Son no lo esconde: el calendario no ayudaba, el desplazamiento tampoco. Su mayor preocupación, en realidad, era otra: que nadie saliera lesionado.
Las quejas duran poco. La sonrisa regresa en cuanto empieza a describir lo que siente en un escenario así.
“Se ha sentido como cuando tenía 16 años”, cuenta. “Es como cuando estás en un equipo, o te llama la selección, y de repente hay un grupo de chicos aleatorios en la concentración. Tienes que conoceros. Obviamente aquí hay nombres muy, muy grandes, pero no es diferente. Somos todos iguales: seres humanos”.
Entre todos esos “seres humanos”, Son es el rostro más famoso con la camiseta del All-Star de la MLS. Y cuando por fin rodó el balón, se encargó de justificarlo.
El combinado de la MLS empezó por detrás en los primeros diez minutos. La respuesta fue inmediata: dos goles de Son en apenas tres minutos, antes de dejar el campo en el 35’. Suficiente para ser nombrado mejor jugador del partido.
“Es un jugador increíble”, le elogió su compañero de All-Star Hany Mukhtar. “Es un jugador de clase mundial por una razón. Lo demuestra cada semana, y todos sabemos lo bueno que es. Lo vemos en los entrenamientos, y no me sorprende”.
Objetivo cumplido: Son tuvo sus goles, la afición tuvo su espectáculo y nadie terminó en la enfermería. Sobre todo, se divirtieron.
“Vivir esta experiencia es una vez en la vida”, admite. “Creo que vale la pena. Intento disfrutar el momento y estar agradecido, como siempre digo. Que te inviten a este All-Star no le pasa a todo el mundo, así que estoy muy agradecido. Tengo a estos jugadores increíbles a mi lado y jugamos juntos. Para mí es un gran honor”.
El rival que todos querían tener de su lado
Para muchos de sus compañeros de All-Star, el honor era compartido. Algunos ya le habían sufrido como rival; otros le conocían solo por televisión. Todos querían, por fin, compartir vestuario con él.
Westwood lo agradeció especialmente. Sabía lo que era tenerle enfrente.
“Nos marcó un gol cuando yo estaba en Burnley”, recuerda. “Corrió a través de todo el equipo”.
Y, al final de aquella jugada, Son sonrió. Lo hace siempre. Para los rivales, esa sonrisa puede ser desesperante o desarmante. Incluso los que se quedan atrás tras uno de sus eslalons acaban cayéndole bien. En Son hay muy poca malicia, salvo en el golpeo a portería, que tantas veces termina en un gol para el vídeo de highlights.
Por eso tantos All-Stars querían conocerle mejor, como compañero y como persona. Tim Ream, que se cruzó con él una y otra vez en la Premier League, disfrutó por fin de tenerle a su lado. Thomas Müller, otra de las grandes figuras del equipo, no perdió la ocasión de bromear cuando Son confesó su ilusión por jugar con el campeón del mundo alemán.
“Siempre intentamos decir cosas bonitas delante de la cámara”, soltó Müller entre risas, “pero el sábado viene con LAFC a Vancouver. No sé, ¡quizá está fingiendo ser amable conmigo!
“Su alemán es realmente, realmente bueno y, seguro, sabe un poco de la vida en Alemania. Hablamos de los viejos tiempos, y también, como tipo de jugador, tenemos un buen entendimiento mutuo”.
Como Müller, Son asumió un rol de liderazgo durante la semana del All-Star. En la primera sesión de entrenamiento se notaba cierta incomodidad, esa timidez inicial de un grupo recién formado. Fue el coreano quien empezó a lanzar bromas para romper el hielo. Un gesto sencillo, pero clave, que ayudó a que el equipo encontrara rápidamente un punto en común.
“Cuando estaba en Inglaterra, siempre fue el tipo sonriente, el chico agradable”, apunta Westwood. “Siempre tenía tiempo para ti, y aquí es exactamente igual. Es simplemente él”.
“Soy malo en todo”… salvo en ser Son
En un momento de su paso por la zona mixta, alguien le preguntó si había algo en lo que pudiera ganar a todos sus compañeros del All-Star. ¿Algún juego, alguna competición, en la que se sintiera el mejor?
“Nada”, respondió. “Soy malo en todo”.
No es cierto. Son es muy bueno en muchas cosas. Sobre todo, en una: ser quien es. Nadie lo hace exactamente como él. Pocos son capaces de combinar su nivel dentro del campo con esa naturalidad fuera de él.
Durante su estancia en Charlotte, hizo de todo. Cumplió con cada obligación mediática, apareció en cada cartel, se mezcló con sus compañeros, participó en el Skills Challenge retrasado por la lluvia. Y cuando llegó el partido, hizo lo que acostumbra: marcar la diferencia.
Detrás de cada entrevista, cada acto público, hay algo genuino en Son. Los escenarios cambian, la sensación no. Charlotte le hizo sentirse un niño otra vez. La verdad es que cada estadio, cada noche con balón, aún le provoca lo mismo.
“Amo el balón”, confesó. “Amo a los aficionados y amo a mis compañeros. Desde que me enamoré de esto cuando era niño, persiguiendo el balón, pegándole patadas y celebrando con los chicos. Creo que es probablemente lo que más amo. Cuando tengo estrés, siempre juego al fútbol. Por eso estoy aquí: porque disfruto este deporte.
“Hasta el final”, remata. “Hasta el final, creo que probablemente es el único amor que tengo”.
El miércoles por la noche, pocos minutos después del pitido final, Son ya no estaba en el césped celebrando con el resto. Se lo llevaron casi al vuelo, camino de Los Ángeles. Otro avión, otro partido, otro foco.
Algún día se apagarán esos focos. Él no tiene prisa porque llegue. Mientras el balón siga rodando, la sonrisa seguirá ahí. Y en una liga que busca estrellas, pocas cosas valen más que un jugador que, con el mundo mirándole, todavía se siente como aquel chico de 16 años que solo quería correr detrás de la pelota.





