Ronaldinho regresa al fútbol a los 46 años en Ravenna
En una sofocante tarde de verano en Ravenna, donde las colas suelen formarse ante los mosaicos bizantinos del siglo V y la tumba de Dante, no frente a un estadio de fútbol, la ciudad vive una escena insólita: todo el mundo busca al mismo hombre. No es un turista ilustre ni un político de paso. Es Ronaldo de Assis Moreira. Ronaldinho.
En las mesas de un café del centro, cuatro aficionados hojean La Gazzetta dello Sport con una media sonrisa.
—No lo hemos visto todavía —suelta uno, con ironía seca.
Desconfían. Ven la operación como un golpe de marketing puro y duro. Pero debajo de esa coraza de escepticismo late otra cosa: el sueño inconfesable de ver al ganador del Balón de Oro 2005 y campeón del mundo en 2002 vestir la camiseta amarilla y roja de su pequeño club.
El heredero que sueña en grande
El responsable de este terremoto se llama Ignazio Cipriani. Heredero de la dinastía veneciana de hostelería que creó el mítico Harry’s Bar, aterrizó en 2024 en un Ravenna hundido en la Serie D, cuarta categoría del fútbol italiano. Es de la casa: nacido en la ciudad, nieto de Raul Gardini, el magnate químico y navegante que llevó al Il Moro di Venezia a la final de la America’s Cup en 1992.
En su primer año como presidente, el club ganó la Coppa Italia de Serie D y selló el ascenso a la profesional Serie C. Para muchos sería suficiente. Para él, apenas un peldaño.
“Serie A es el objetivo que declaré desde el primer día porque pretendo alcanzarlo. Y la Champions League sigue siendo el horizonte último al que queremos caminar, paso a paso”, ha repetido. Le gusta trabajar “contra la pared”, sin coartadas. Sin salidas fáciles. Sin excusas.
Y entonces lanzó el órdago que nadie vio venir: recuperar a Ronaldinho como jugador a los 46 años.
Ronaldinho, capítulo inesperado
“Nos conocimos gracias a Lorenzo Tonetti y Ariedo Braida”, cuenta Cipriani. Dos nombres ligados durante más de 20 años al AC Milan, que vivieron de cerca al brasileño en San Siro. La idea de involucrarlo rondaba la cabeza del presidente desde que compró el club. El contacto se convirtió en conversación. La conversación, en una amistad real.
De ahí nació algo más que una foto para redes sociales. “A la pregunta que todos se hacen, respondo con gusto: Ronaldinho llevará la camiseta del Ravenna como jugador e intentará… quizá marcar el último gol de su carrera con nosotros”.
El anuncio desató una ola inmediata. Una web dedicada puso a la venta una camiseta edición especial con el logo “R10”, la marca personal del brasileño. Se agotó en cuestión de horas. Un choque frontal entre el branding global de lujo, el fútbol de provincia y una maniobra de marketing ejecutada con bisturí.
“Si hace tres años alguien me dice que Ronaldinho viene a Ravenna, lo mando directo al psiquiátrico”, se ríe Fabio, hincha de toda la vida. “La noche que salió la noticia, los titulares en todo el mundo eran ‘Ronaldinho to Ravenna’. Fue una operación extraordinaria”.
Extraordinaria, sobre todo, porque Ravenna nunca fue un gigante. Dos quiebras, en 2001 y 2012, lo condenaron a décadas de vaivenes por las categorías menores. Su techo histórico: siete temporadas en Serie B. Ciudad de voleibol, presupuestos modestos y derbis regionales. Nada que ver con los focos del Camp Nou o San Siro.
De icono mundial a puente generacional
Para Cipriani, Ronaldinho es mucho más que un reclamo.
“Es un icono único. Su manera de jugar hizo que mi generación se enamorara del fútbol. Lo queremos hoy para que la próxima generación, en Italia y en el mundo, se enamore del Ravenna”, explica. La idea es construir un puente entre épocas, no un cartel luminoso de un verano.
El proyecto deportivo va de la mano de un plan industrial ambicioso. El club trabaja con el ayuntamiento para renovar el Stadio Bruno Benelli y ampliar su capacidad más allá de los 6.300 asientos. Pero el sueño del presidente va más lejos: un nuevo recinto multiuso, abierto los siete días de la semana, con zonas comerciales, espacios para conciertos y un Hotel Cipriani integrado, enlazado con la apuesta de Ravenna por un turismo internacional más amplio.
La ciudad se abre al mundo
Para el alcalde, Alessandro Barattoni, la llegada de una figura global encaja como anillo al dedo en la estrategia de internacionalización de la ciudad. Ravenna lleva años intentando sacudirse la etiqueta de destino de playa y puerto comercial. Busca otro tipo de visitante, más atento a la cultura, al relato histórico, a los vínculos con el mundo anglosajón. No es casual la reciente visita de la familia real británica ni la apertura del Lord Byron Museum.
“Ronaldinho trae un nivel de fama global completamente nuevo”, admite Barattoni. “Cuando salió la noticia, mi teléfono explotó con mensajes de excompañeros del colegio. Para los más jóvenes quizá sea alguien a descubrir en YouTube, pero el encanto sigue intacto”. El alcalde, entre sonrisas, ya se ve guiando al brasileño por las joyas culturales de la ciudad, si la agenda lo permite.
Eso sí, marca límites claros. “Nuestro terreno común con el club es la internacionalización: llevar la imagen de Ravenna al mundo. Ronaldinho ha sido embajador global de innumerables marcas. Hay un proyecto amplio que puede dar gran visibilidad al equipo y permitir que la ciudad muestre sus iniciativas más allá de las rutas habituales”.
Y recuerda que el club ya venía trabajando bien antes del bombazo mediático. “Incluso antes de la llegada de Ronaldinho, el Ravenna hizo un trabajo fantástico con las nuevas generaciones. La media de edad en la grada es más baja, más vibrante, más implicada. Se está formando un verdadero sentido de comunidad”.
Entre el sueño y la sospecha
No todos, sin embargo, aplauden sin reservas. En la Curva Mero, el corazón más caliente del estadio, se mira con cautela cualquier movimiento que huela demasiado a negocio.
“Hay cierta reticencia en algunos sectores”, reconoce Fabio. “El fútbol moderno empuja valores que muchos no comparten: subida de precios, pérdida de accesibilidad para las familias con menos recursos. Entonces, las operaciones de visibilidad y marketing se miran de reojo”.
Cipriani sabe que camina sobre una cuerda fina. “Sin raíces, ningún proyecto global tiene sentido”, insiste. “Ravenna no es una marca que estemos construyendo desde cero; es una historia y una identidad que existían antes que nosotros. La tradición no frena la ambición: es el cimiento. Un club sin su gente no vale nada”.
Giovanni, 50 años, toda una vida en la grada, lo resume de otra manera: “Vengo al estadio desde el colegio y estoy redescubriendo la ilusión de antes. Si hace falta un icono como Ronaldinho y un empresario local para hacernos soñar con la Serie A, adelante. Lo importante es no olvidarse nunca de la gente en las gradas”.
El “efecto Ronaldinho” ya se nota
El impacto se mide también en cifras. La campaña de abonos acaba de arrancar con un objetivo claro: vender 2.800 carnés. Los precios han subido de media alrededor de un 12%, con diferencias según la zona del estadio. Un paso delicado en un contexto donde el debate sobre el acceso popular al fútbol está más vivo que nunca.
Mientras tanto, la ciudad se deja llevar por una atmósfera casi irreal. Aturdida, pero eufórica. En el césped, el club arma una plantilla pensada para pelear el título de Serie C. Fuera, los vecinos marcan en rojo una fecha: 20 de agosto. Ese día, Ronaldinho está previsto en un festival de tres jornadas en Marina di Ravenna, organizado con el sello Cipriani.
Allí, entre música, focos y camisetas amarillas y rojas, Ravenna comprobará si su sueño más improbable empieza realmente con una sonrisa eterna, un balón en los pies y, quizá, el último gol de magia de Ronaldinho.





