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Robbie Ure: De promesa a goleador en el fútbol escocés

Robbie Ure tenía 18 años cuando se asomó por primera vez al foco de Ibrox. Debutó con gol en un partido de Copa de la Liga ante Queen of the South, en agosto de 2022, y parecía la clásica historia que el Rangers lleva décadas soñando con repetir: canterano, delantero, gol y promesa de futuro.

Aquello fue un destello. Nada más.

El resto de la temporada se redujo a dos apariciones en Premiership de un minuto cada una, separadas por seis meses: unos segundos contra St Mirren en noviembre, otro suspiro frente a Hibs en mayo. Para un chico desesperado por jugar, aquello no era un plan de carrera, era una dieta de hambre.

Mientras el club se retorcía en problemas deportivos en todos los frentes, el mensaje para Ure era claro: aquí no. En su posición, Rangers invirtió 6 millones de libras en Danilo —con salarios, un coste acumulado cercano a los 10 millones— y 3,5 millones en Sam Lammers, más de 4 millones al sumar su sueldo. El camino hacia el primer equipo estaba bloqueado por fichajes caros y urgencias inmediatas.

Sin espacio en Ibrox, Ure hizo las maletas. Primero Anderlecht, en Bélgica. Después IK Sirius, en Suecia. Ahí, lejos del ruido de Glasgow, el delantero dejó de ser “promesa” para convertirse en goleador.

Hoy tiene 22 años y vive una racha que haría sonrojar a más de un director deportivo en Escocia: 15 goles en 15 partidos, 10 de ellos en sus últimos seis encuentros. El domingo llegó la noticia que duele en Edimburgo, en Glasgow y en Hampden Park: Sevilla está interesado en ficharlo por una cifra cercana a los 8 millones de libras.

El mismo día, Rangers perdió 2-1 en casa ante Hibs. La afición se fue masticando frustración y, en paralelo, se enteró de que aquel chico de la academia, que se marchó gratis, puede generar ahora una operación millonaria con uno de los clubes más históricos de España. No es solo una punzada deportiva. Es un recordatorio económico brutal.

Ese posible traspaso será munición silenciosa para la Scottish FA cuando, el próximo mes, reúna a propietarios y directores ejecutivos de los clubes profesionales en St Andrews en un foro calificado internamente como “críticamente importante”.

El encuentro, bajo el título “Made In Scotland?”, estará liderado por el director ejecutivo Ian Maxwell y su director de fútbol, Craig Mulholland. El mensaje, más que una ponencia, será una súplica: revisen sus modelos, abran los caminos y den minutos reales a los jóvenes escoceses.

Si quisieran, y si la diplomacia no existiera, Maxwell y Mulholland podrían poner el caso Ure en la primera diapositiva. Confiar en su cantera quizá les habría ahorrado a algunos clubes una fortuna en fichajes y les habría permitido, años después, ingresar otra con una venta bien trabajada.

La realidad es más enrevesada. Ure no mostraba entonces el mismo nivel que ahora. Hay un punto de visión retrospectiva perfecta en todo este análisis. Pero la herida existe, igual que existió en Celtic cuando apenas utilizó a un joven Ben Doak, ahora Gannon-Doak, antes de verlo marchar al fútbol inglés y convertirse en otro talento de varios millones que se escapó del país.

No hacen falta estadísticas para ver el problema. Aun así, las de las dos primeras jornadas de la Premiership lo retratan sin maquillaje.

Solo el 31% de los jugadores que participaron en esos partidos eran escoceses. Apenas un 5% eran escoceses de 21 años o menos. Cuarenta y seis nacionalidades distintas tuvieron presencia en el inicio del campeonato.

Hay casos extremos. El más llamativo: Dundee United ha utilizado un solo futbolista escocés en sus dos encuentros, Dylan Tait. Uno.

Si se pregunta a presidentes, directores ejecutivos y entrenadores si quieren ver a jóvenes escoceses en su primer equipo, todos dirán que sí, que les apasiona formar y alinear a los suyos. Después llegará la catarata de explicaciones sobre por qué no ocurre: algunas razonables, otras mucho menos.

El contexto tiene matices. Dundee United hablará de la inversión en su academia y de cómo su prometedor Kai Hutchison, de 16 años, fue seducido por Everton. Es uno más de las decenas de jóvenes escoceses que han tomado el camino hacia el sur en la era post-Brexit.

Celtic recordará los nombres de Dara Jikiemi, ahora en Liverpool, y Daniel Cummings, en West Ham. Rangers mencionará a Cameron Scott, fichado por Burnley, y a Chris Eadie, en Sheffield United. Hearts señalará a Boyd Fraser, en Nottingham Forest, y a Keir McMeekin, en Man City. Hibs pondrá sobre la mesa a Ben Vickery, también en Man City, y a Josh Landers, en West Ham.

Esa lista solo roza la superficie. Las razones para marcharse son múltiples. El dinero pesa, por supuesto, pero utilizarlo como única explicación es cómodo para los clubes. La avaricia existe. La falta de oportunidades también.

Estos chicos, y sus familias, no ven un camino claro en Escocia. No ven minutos en el horizonte.

Los grandes del país apenas pueden presumir de ejemplos recientes que demuestren una apuesta sostenida por sus canteranos en el primer equipo. Demasiados —no todos— taponan la vía de acceso con fichajes de extranjeros de trayectoria dudosa. ¿Qué puede pensar un adolescente prometedor cuando ve llegar, uno tras otro, jugadores de expediente discreto que ocupan su lugar natural? ¿Quedarse y estancarse o irse y confiar en que en otro sitio sí habrá espacio?

Maxwell y Mulholland tienen una tarea monumental en St Andrews. Tendrán público. Otra cosa es que sea un público dispuesto a dejarse convencer. Para ganar a los clubes que no están dando oportunidades a sus jóvenes, tendrán que apelar directamente al egoísmo bien entendido de esos propietarios.

El discurso patriótico —más talento para la selección dentro de cinco, diez o quince años— no bastará. Cada persona en esa sala responde, antes que nada, a los intereses de su club. Si eso implica llenar el once de jugadores formados en casa, perfecto. Hay muchas entidades en categorías inferiores que lo hacen y lo creen de verdad.

Si otros piensan que fichar en Marte es el camino más rápido al éxito, seguirán mirando al cielo. Su responsabilidad, insistirán, es con su propio vestuario, no con Hampden.

Pedir a los grandes que den más minutos a los chicos exige llegar con argumentos de máximo nivel. Muchos de esos dirigentes han puesto dinero de su propio bolsillo y han atraído inversión externa. Solo escucharán con atención si sienten que el mensaje les reporta un beneficio directo y tangible, no un hipotético rédito para la selección dentro de una década.

No sería la primera vez que se intenta este giro de mentalidad. En agosto de 2024, la Scottish FA publicó el Transition report: 114 páginas firmadas por el entonces director de fútbol, Andy Gould, y por el responsable de estrategia de fútbol masculino de élite, Chris Docherty.

Aquel documento era contundente. Datos globales de jugadores, estudios de caso, entrevistas. Derribaba viejos dogmas sobre el supuesto riesgo de alinear jóvenes y defendía con fuerza la fe en la cantera.

No era un lamento aislado, era una declaración de intenciones sobre la lógica deportiva y financiera de dar más minutos a los jugadores de la academia. Mostraba los ingresos por traspasos que han generado decenas de clubes europeos formando, utilizando y vendiendo a sus talentos. Comparaba el número irrisorio de minutos que jugaban los canteranos en Escocia con otras ligas y países de éxito.

El mensaje era claro: poner a jugar a más jóvenes escoceses beneficia a todos, en todos los planos. La vieja frase de “con niños no ganas nada” no se sostenía ante los datos. El informe era sólido, pero apenas encontró oídos receptivos.

Se adoptaron algunas recomendaciones, sí, pero el núcleo del discurso —atreverse— quedó en el aire.

En octubre de 2025 llegó otro informe, 133 páginas esta vez. De nuevo un trabajo potente, con ideas interesantes. De nuevo Gould y Docherty como autores. Hoy ninguno de los dos trabaja ya en Hampden. Demasiados golpes contra el mismo muro, cabe sospechar.

Y aquí está Escocia otra vez, preparando otro intento de cambiar la mentalidad. En St Andrews, muy cerca de la sala donde se sentarán propietarios y directores ejecutivos, se abre el mítico bunker del “Road Hole” del Old Course, escenario de pesadillas de golfistas de todo el mundo.

Salir de esa trampa de arena en el hoyo 17 parecerá un juego de niños comparado con lo que espera a Maxwell y Mulholland. Porque mientras Robbie Ure sigue marcando en Suecia y Sevilla afina sus números, la pregunta ya no es si Escocia puede producir talento. Es si, de una vez, va a decidir jugar con él.

Robbie Ure: De promesa a goleador en el fútbol escocés