Max Eberl critica a la FIFA: 'Me da asco'
La fractura entre la FIFA y el fútbol europeo ha dejado de ser un murmullo de pasillo. Ya suena a ruptura abierta. Y en Alemania, una de las voces más potentes ha decidido dejar de medir las palabras.
Max Eberl, figura de enorme peso en el Allianz Arena, habló el miércoles sin filtros sobre el rumbo del organismo que dirige Gianni Infantino. No buscó matices. Fue directo al estómago.
“Estoy avergonzado de que siquiera hablemos de estas ideas en el fútbol. El fútbol no nos pertenece”, lanzó, citado por Sky Sport. “Tengo la sensación de que la FIFA existe únicamente para obtener beneficios. Me da asco”.
No es una frase más en un debate más. Llega en pleno clima de tensión, con el descontento europeo en su punto más alto y con rumores cada vez más serios sobre un posible boicot al Mundial por parte de selecciones de la UEFA. Lo que hace unos años sonaba a exageración, hoy se discute en voz alta en los despachos.
Europa se planta
Eberl no se quedó en la queja. Fue un paso más allá. Desde su posición de influencia en Bayern München, dejó claro que apoyaría sin titubeos una respuesta conjunta del continente contra el modelo de inversión impulsado por Infantino.
“Entonces sí estaría a favor de que nosotros, como Europa, adoptemos una postura firme y digamos: no, no participamos”, remató.
La frase dibuja un escenario que hasta hace poco era impensable: una Europa dispuesta a decir “basta” al máximo organismo del fútbol mundial si percibe que la esencia del juego se sacrifica en el altar de los millones.
Sammer avisa: la credibilidad emocional está en juego
El discurso de Eberl fue incendiario. Otros nombres propios del fútbol alemán han optado por un tono menos explosivo, pero no por ello menos inquieto.
Matthias Sammer, leyenda del fútbol germano y hoy asesor de Borussia Dortmund, reconoció el equilibrio delicado que Infantino debe manejar en la gobernanza moderna. Entiende la complejidad del cargo. Pero su alarma se centra en algo más profundo: la conexión emocional entre el juego y la gente.
Sammer advirtió que se está “jugando con la credibilidad emocional” del fútbol en la búsqueda de mayores retornos económicos para la organización global. Una frase que pesa. No habla de táctica, ni de formatos, ni de calendarios. Habla de confianza.
“Gianni Infantino primero tiene que lograr contentar a todos. Ese es su trabajo y el de la FIFA. Siempre es una línea muy fina”, apuntó. Aun así, dejó claro dónde ve el verdadero riesgo: detecta un “peligro cuando se interfiere con la integridad del juego”.
Ahí está la línea roja para muchos en Europa. No se trata solo de cuánto dinero entra, sino de qué se está dispuesto a sacrificar para conseguirlo.
Dinero rápido, dudas profundas
Pese al ruido, Infantino no levanta el pie. Mantiene un calendario estricto y ha dado a las asociaciones miembro un plazo hasta septiembre para aprobar el acuerdo. Sobre la mesa, una promesa tentadora: una posible lluvia de millones para cada federación.
El gancho económico es evidente. Pero en Europa crece el escepticismo sobre el coste real de ese pacto. No en términos de balance financiero, sino de credibilidad, de identidad, de la sensación de que el fútbol empieza a responder más a fondos de inversión que a aficionados.
Para Eberl y la cúpula de Bayern München, el cálculo es claro: los beneficios económicos no compensan el golpe a la identidad del deporte. No quieren ser parte de un proyecto que perciben como un vaciamiento del juego en favor de la cuenta de resultados.
¿Un punto de no retorno?
El próximo gran capítulo se escribirá en las reuniones de la UEFA. Allí, las federaciones europeas deberán decidir si se alinean con la FIFA o si abren la puerta a una fractura histórica.
No será una votación técnica. Será un pulso sobre qué fútbol quiere Europa para las próximas décadas: uno guiado por la lógica del negocio global o uno que intente proteger, hasta donde pueda, la integridad de aquello que lo hizo grande.
Eberl ya eligió su lado. Sammer ha marcado las alarmas. El dinero está sobre la mesa. La pregunta, ahora, es cuántos en Europa están dispuestos a decir “no participamos” cuando llegue la hora de levantar la mano.






