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Jack Grealish: del precio récord a la búsqueda de continuidad

En el verano de 2021, Jack Grealish dejó de ser simplemente el chico de Aston Villa para convertirse en un símbolo de una era: el fichaje más caro de la historia del fútbol británico. El Manchester City pagó 100 millones de libras por su talento y lo llevó al Etihad con la etiqueta de estrella destinada a marcar una época.

Dos años después, el palmarés dice que acertó: campeón de la Champions, pieza del Treble, títulos de Premier League. Pero las cifras personales cuentan otra historia. Al cierre de la temporada 2024-25, Grealish apenas sumaba 17 goles en 157 partidos con el City. Mucho trabajo táctico, mucha disciplina posicional, menos libertad. El genio creativo que deslumbraba en Birmingham se vio encorsetado por la pizarra de Pep Guardiola.

Cuando el brillo se apaga un poco en el City, el margen de error desaparece. Grealish empezó a caer en el orden de preferencias del técnico catalán y la solución fue una cesión a Everton. Un cambio de aire, un reto distinto, un contexto donde volver a sentirse protagonista.

El impacto fue inmediato. En Merseyside, Grealish arrancó fuerte, hasta el punto de llevarse un premio de Jugador del Mes de la Premier League. Parecía el inicio de su reconstrucción. Pero el fútbol, a veces, golpea sin avisar. Una lesión en el pie, una fractura por estrés que obligó a pasar por el quirófano, cortó la temporada de raíz en enero.

Ahí se derrumbaron también sus sueños de Mundial. Con 39 internacionalidades a sus espaldas, Grealish vio cómo la cita en Norteamérica se le escapaba desde la camilla. Everton, por su parte, decidió no ejecutar la opción de compra de 50 millones de libras, con la esperanza de renegociar a la baja con el City en verano. De momento, no hay acuerdo.

Mientras tanto, la banda izquierda de Inglaterra sigue sin dueño fijo. El equipo alcanzó las semifinales del gran torneo de la FIFA sin que nadie se adueñara definitivamente de ese costado. Eso mantiene viva la conversación en torno a los jugadores que orbitan en la periferia de los planes de Thomas Tuchel.

Lee Sharpe, campeón de la Premier League y nacido en Halesowen, ve el panorama con una mezcla de admiración y cautela. En declaraciones a GOAL, explicó que la competencia es feroz: “Tienen una abundancia de jugadores zurdos. Tienes a Grealish, tienes a Cole Palmer que puede jugar ahí, aunque no estoy seguro de que ninguno de los dos sea ese extremo puro, rapidísimo, que va a encarar y superar gente. Creo que Anthony Gordon y Marcus Rashford hicieron un Mundial decente entre los dos”.

Para Sharpe, la elección en esa banda depende tanto del rival como del plan de partido. Recordó con cierta frustración el duelo ante Argentina: confesó que habría querido ver a Rashford en el campo, llevando el balón a la esquina, ganando metros, girando al rival en los minutos finales. No ocurrió.

Ahí es donde traza la diferencia de perfiles. Un Grealish o un Palmer, apunta, te aseguran posesión, pausa, control. Pero no ese desmarque letal a la espalda de la defensa cuando el partido pide profundidad. Aun así, Sharpe no duda de la dimensión de ambos: una vez que Grealish esté sano y Palmer supere los problemas físicos que arrastró el curso pasado, los ve como “jugadores fenomenales, que cambian partidos”.

La gran pregunta

Entonces, es qué necesita Grealish de la temporada 2026-27 para volver a colocarse en el centro del escenario, tanto en su club como con Inglaterra. Sharpe lo reduce a algo tan simple como cruel: continuidad. “Solo necesita un año de mantenerse en forma y no lesionarse. Todo jugador necesita eso”.

Detrás de esa frase hay una realidad que todo profesional conoce. Estar lesionado no es solo un asunto físico. Es aislamiento, rutina solitaria, días de gimnasio y fisioterapia mientras el resto compite, viaja, celebra, sufre. “Es devastador para el alma cuando te lesionas y sabes que te espera una rehabilitación larga”, admite Sharpe. Se pierde el vestuario, se pierde el pulso del calendario, se pierde la sensación de pertenecer al día a día del equipo. Y lo único que quieres es jugar.

Luego llega la parte más ingrata: volver. Recuperar la condición física, entrar de nuevo en la dinámica del grupo, ajustar el timing, reencontrar el ritmo de competición. “Es un proceso horrible”, resume. Pero también es el único camino. Para Sharpe, Grealish necesita ahora una racha de 10, 12, 15 partidos seguidos para recuperar velocidad, confianza y ese punto de osadía que siempre le caracterizó. Está convencido de que, si lo consigue, el fútbol inglés verá “otro gran año de Jack Grealish”.

Porque, más allá de los números, el exjugador no duda un segundo cuando habla de talento. “Es increíble. Tiene tanta habilidad… Recuerdo un partido de Inglaterra, creo que fue contra Alemania. Dominó todo el encuentro. No podían quitarle la pelota”. Esa imagen resume al Grealish más puro: el que recibe, protege, gira, conduce, provoca faltas, rompe líneas con un pase o se anima con un disparo.

Sharpe lo describe como un futbolista cómodo con el balón, capaz de conducir, filtrar el último pase o aparecer en el área para marcar. Un jugador que entretiene, que juega con una sonrisa, que conecta con la grada. “Es un crédito para el juego y para sí mismo”, sentencia.

Entre el precio récord, las exigencias de Guardiola, la cesión a Everton y una lesión que le borró del Mundial, la carrera reciente de Grealish ha sido una montaña rusa. Ahora, con la banda izquierda de Inglaterra aún sin dueño y un futuro por definir a nivel de club, el próximo curso se presenta como algo más que una temporada. Es una prueba de resistencia. Y una oportunidad para demostrar si aquel fichaje de 100 millones sigue siendo, de verdad, un punto de partida y no el techo de su historia.