El dilema de Tuchel y la actuación de Kane en el Mundial
Durante una hora, Inglaterra miró a los ojos a Argentina. No dominó al campeón del mundo, pero lo sostuvo, lo incomodó, lo hizo dudar. Cuando Anthony Gordon marcó en el minuto 55, el marcador no sonó a sacrilegio futbolístico. Fue el primer golpe serio. Se esperaba, casi por inercia, la respuesta albiceleste. Y se intuía que Inglaterra tenía argumentos para devolverla.
No los tuvo.
Inglaterra se encogió atrás. Argentina se soltó. Lionel Scaloni habló de que su equipo “olió sangre en el agua”. Thomas Tuchel, con cada decisión conservadora, parecía lanzar más carnaza.
En medio de todo, Harry Kane fue una figura extraña. Presente, pero casi ausente. Su hoja estadística es demoledora: 26 toques, nueve pases completados, un solo disparo —bloqueado— y ni una sola aparición en el área argentina. El cuadro, así en frío, parece una caricatura cruel de su partido. Porque no fue un espectador cobarde. Fue un partido bronco, sucio, y Kane se apuntó a la pelea.
En la primera parte se dedicó a eso: chocar, morder, bajar al barro. Entró en más duelos que Lisandro Martínez y Alexis Mac Allister. Hubo acciones en las que se lanzó al suelo con una temeridad impropia de un delantero que vive de sus piernas. En ese contexto, cuando el balón circulaba poco y mal, ese sacrificio tuvo un valor real.
El dilema de Tuchel… y el papel de Kane
Tras el gol de Gordon, el encuentro se convirtió en un rompecabezas para Tuchel. Inglaterra venía de una gesta defensiva en el Azteca, un muro heroico para sostener una victoria mínima ante México. Kane había jugado 89 minutos allí, a base de patadas, choques y desgaste.
Volvió a ser ese futbolista de fricción el miércoles. Y, aun así, al término del encuentro reclamó algo distinto: más altura, más valentía.
“Por una razón u otra, nos costó tener el balón, nos costó presionar al poseedor y eso les permitió crear más impulso y más ataques en nuestro último tercio”, admitió Kane. La ironía es evidente: él formaba parte del problema.
Inglaterra necesitaba una válvula de escape. Un delantero que fijara a uno de los centrales argentinos, que les obligara a recular, que estirara al equipo. Kane es casi un ‘9’ total: remate, lectura, asociación, presencia. Lo que nunca ha tenido es velocidad. Y, ante el vendaval, hizo lo que sabe: bajar metros, acercarse al balón, intentar taponar la hemorragia desde la frontal.
El resultado fue previsible. Cada vez que Inglaterra despejaba, el balón regresaba como un boomerang. Sin amenaza a la espalda, Argentina se volcó sin miedo. El partido dejó de ser para Kane. Tuchel debió verlo. No lo hizo. Y el capitán se quedó, clavado en la hierba, contemplando el derrumbe.
De la temporada perfecta al golpe más duro
En el contexto de su año, el desenlace roza lo cruel. La temporada de Kane con Bayern Munich fue monumental. Rompió el récord de goles de un jugador en una campaña de Bundesliga: 58 tantos en todas las competiciones. Ningún futbolista de las cinco grandes ligas europeas igualó sus 36 goles domésticos. Se convirtió en el más rápido de la historia del club en alcanzar 100 contribuciones de gol. Bayern ganó la liga por 16 puntos, incluso levantando el pie del acelerador en la recta final.
Las candidaturas al Balón de Oro no eran un capricho. Con esas cifras, se movía en territorios que ni Robert Lewandowski había pisado. Números de Messi y Ronaldo, de esa dimensión. Solo por estadística, había una base sólida para imaginarle como el primer inglés en ganar el premio desde Michael Owen.
Pero Bayern tropezó donde más duele. Compitió de tú a tú con el futuro campeón, PSG, pero no logró la remontada en la vuelta y cayó 6-5 en semifinales. Ese borrón, en el escaparate grande, enfrió su caso.
El Mundial aparecía como una hoja en blanco. Kane lo reconoció sin rodeos: un gran torneo lo devolvería al centro de la conversación.
“Sería uno de los favoritos, sin duda. Por los trofeos que he ganado esta temporada y el número de goles que he marcado, estaría en la pelea. Especialmente si Inglaterra gana el Mundial; en ese caso, uno se imagina el trofeo en manos de un jugador inglés”, confesó antes de la cita.
Y durante cinco partidos jugó como tal. Doble ante Croacia, otro tanto frente a Panamá, otros dos contra Congo y una asistencia en el Azteca. Él y Jude Bellingham marcaron el ritmo. El resto, a cumplir con su parte.
La Bota de Oro suele inclinar estas discusiones. Kane llegó a la semifinal a dos goles de Messi y Mbappé. El guion parecía escrito: si Inglaterra quería pasar, necesitaba su pegada. Era el momento de golpear.
No lo hizo. Y con su sequía ante Argentina, la Bota de Oro se le ha escapado casi con certeza. Aunque firmara un hat-trick ante Francia en un tercer puesto que, en realidad, no debería jugar, nadie en su sano juicio apostaría a que Messi se quede sin marcar contra España en la final.
Kane volverá a Alemania sin Bota de Oro y con un Mundial que se le ha ido entre los dedos. Sus opciones se han desvanecido.
El renacer en Múnich y el muro de la selección
Lo más doloroso es la sensación de punto final. Su marcha a Bayern fue una especie de resurrección deportiva. Viendo el retrovisor, se diría que se quedó en Tottenham uno o dos años de más. Fue brillante con los Spurs, uno de los mejores jugadores de la Premier League temporada tras temporada. Pero siempre rodeado de problemas estructurales, de inversión insuficiente. Justo ahora, cuando el club se ha lanzado a gastar cientos de millones, él ya no está.
Sus dos primeros cursos en Múnich fueron la prueba definitiva de legitimidad. Kane podía seguir rindiendo en la cima. Quizá, incluso, no había alcanzado su techo. Habla a menudo de otros deportes, de cómo estudia a atletas que prolongan su carrera cuidando el cuerpo al detalle. Quiere desafiar al tiempo. Y sus años en Bayern sugieren que puede hacerlo, al menos a nivel de clubes.
La selección es otro mundo. No hay maratones, hay sprints. No hay margen para ajustar durante meses ni semanas de descanso para dosificar esfuerzos. No existen partidos “de gestión” para estirar las piernas. Inglaterra alargó su concentración mundialista todo lo posible, pero apenas rozó los dos meses. Después de una temporada eterna, el torneo fue una carrera a toda velocidad. Y ahí, cuando la exigencia fue máxima, Kane no apareció.
Un legado brillante… y extraño
Si este es de verdad el último gran Mundial de Kane, su legado con Inglaterra se vuelve un rompecabezas. Por talento, por continuidad, por números, es difícil discutir que sea el mejor delantero inglés de la historia. Si mantiene el ritmo, superará con holgura los 100 goles con su país. El récord de 125 internacionalidades de Peter Shilton está a tiro —lleva 121—. Nadie ha marcado más penaltis que él en la historia de los Mundiales. Ya tiene una Bota de Oro, la de 2018.
Pero los grandes torneos manchan el cuadro. Estuvo gris en la Eurocopa 2024. Falló un penalti decisivo en Qatar 2022. Y aunque jugó en selecciones claramente más flojas en el Mundial 2018 y la Euro 2021, nunca llegó a cargar con Inglaterra a la espalda como se espera de un futbolista de su talla. Los goleadores históricos de su rango —Messi, Ronaldo, Pelé, Maradona, Henry— levantaron al menos un gran título con sus países. Kane no.
Y ahí aparece el otro problema: Inglaterra tampoco tiene relevo. El mapa de delanteros es alarmantemente corto. Tuchel llevó a este Mundial a Ollie Watkins, 30 años, y a Ivan Toney, también de 30. No hay un ‘9’ joven llamando a la puerta para arrebatarle el puesto. Y sacar a Kane de la alineación será una batalla política, emocional y deportiva.
Todo apunta a que Inglaterra seguirá adelante con él. Que estará en 2028. Que, probablemente, la selección será competitiva. Pero para entonces, la curva natural dirá que ya estará bajando la colina. Y aun así, no hay nadie más.
Kane, por su parte, no contempla rendirse.
“La selección es mi orgullo y mi alegría. Es lo que más me gusta hacer por encima de cualquier otra cosa. Evidentemente, cuatro años es mucho tiempo, cumplo 33 este verano, pero nunca se acabó para Leo [Messi], sigue rindiendo al máximo nivel. Nunca quiero poner límites a estas cosas”, aseguró.
El problema es que los límites, en el fútbol de selecciones, no perdonan. Ha tenido ya varios torneos para sellar su grandeza y todos se le han escapado. Este, por la forma en que se esfumó, se siente como el mayor fallo de todos. Y quizá como la última gran oportunidad que Inglaterra y su ‘9’ dejaron pasar juntos.






