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Copa del Mundo 2026: La oportunidad de Estados Unidos

INGLEWOOD, California — El Mundial vuelve a casa. Tres décadas después de aquel verano del 94, la Copa del Mundo regresa a suelo estadounidense y lo hace con un peso distinto, casi existencial, sobre los hombros de la selección de Estados Unidos.

Esta vez no se trata solo de organizar el mayor espectáculo deportivo del planeta. Para U.S. Soccer, el estreno de este viernes en el grupo ante Paraguay, en el imponente escenario del sur de California, es el punto de partida de un ajuste de cuentas con su propia historia: la oportunidad largamente esperada de borrar el complejo de inferioridad que ha acompañado al fútbol estadounidense en la élite internacional.

Una generación para cambiar el relato

Durante décadas, la narrativa fue siempre la misma: inversión creciente, estadios llenos, una liga doméstica en expansión… y, sin embargo, cuando llegaba el Mundial, el techo se veía demasiado bajo. Desde aquel viaje a cuartos de final en 2002, la selección masculina solo ha sumado tres victorias en Copas del Mundo. Tres. Demasiado poco para un país que se empeña en tratar de tú a tú a las potencias tradicionales.

El contexto de 2026, sin embargo, es distinto. Por primera vez, el talento acompaña al discurso. La selección llega con lo que muchos consideran la generación más dotada de su historia, un grupo de futbolistas que ya no sueña con jugar en Europa: vive instalado en la élite de sus grandes ligas.

  • Tyler Adams manda en la medular en la Premier League.
  • Chris Richards y Antonee Robinson se han ganado un lugar fijo en defensas de máximo nivel en Inglaterra.
  • Weston McKennie es pieza importante en la Juventus.
  • Christian Pulisic, aquel niño prodigio que simbolizaba el futuro, es ahora, con 27 años, una estrella plenamente consolidada en el AC Milan.

No es casual que Adams lo resuma en clave de oportunidad histórica. Para él, este Mundial es la plataforma definitiva para demostrar que el futbolista estadounidense ya no llega desarmado a la mesa de los grandes, que puede competir “al nivel del resto del mundo”, como subrayó en la previa.

Paraguay, primer examen… y tocado

El primer obstáculo en este camino es Paraguay, número 40 del ranking FIFA. Un rival incómodo, duro al contacto, con un fútbol que muerde y que ya dejó cicatriz reciente. El último antecedente, el amistoso de noviembre, terminó 2-1 para Estados Unidos, pero el marcador fue casi lo de menos: el partido acabó con un conato de pelea en el tiempo añadido, una muestra clara de la tensión que se genera cuando ambos se cruzan.

Tim Weah no lo olvida. El delantero advirtió que la selección está preparada para un duelo físico al límite: Paraguay será “súper, súper agresivo” y Estados Unidos sabe que tendrá que igualar esa intensidad desde el primer minuto. No hay margen para la ingenuidad en un estreno mundialista en casa.

La selección sudamericana, además, llega con una duda enorme. Su gran talento emergente, el mediocampista de 22 años Julio Enciso, tuvo que abandonar en camilla el último amistoso de preparación, en la primera parte. Su posible ausencia cambia el paisaje del partido: sin su principal foco creativo, Paraguay pierde colmillo, pero también puede replegarse aún más y obligar a Estados Unidos a descifrar un muro bajo presión.

Un grupo con trampa y un país expectante

El calendario no concede respiros. Tras el debut ante Paraguay, Estados Unidos se medirá a Australia la próxima semana y cerrará la fase de grupos el 25 de junio frente a Turquía. No es un grupo de nombres rutilantes, pero sí de trampas ocultas: selecciones competitivas, difíciles de romper, que castigan cada desconexión.

El escenario, sin embargo, lo cambia todo. Jugar un Mundial en casa, con estadios llenos de camisetas de barras y estrellas, multiplica la responsabilidad de una generación que ha crecido escuchando que esta sería “su” Copa del Mundo. Ya no basta con participar, ni con vender la idea de que el fútbol está creciendo. Toca demostrarlo.

La pelota echará a rodar en Inglewood con algo más que tres puntos en juego. Estados Unidos no solo se juega el pase a la siguiente ronda. Se juega la credibilidad de un proyecto que lleva casi una década marcando esta fecha en rojo.

La pregunta ya no es si el país está listo para organizar otro Mundial. La verdadera cuestión es si, esta vez, su selección está lista para competir como una potencia.