Conor Gallagher: El Derbi en Sídney y su Evolución en Tottenham
En Sídney, a más de 17.000 kilómetros del norte de Londres, Conor Gallagher se prepara para un partido que conoce demasiado bien. Tottenham cierra su gira por Nueva Zelanda y Australia con un derbi ante Chelsea en el Accor Stadium, el primero entre ambos clubes que se disputará fuera del Reino Unido. Un clásico exportado. Y para el centrocampista, un reencuentro con su pasado.
El escenario acompaña: se espera un lleno con 80.000 aficionados en las gradas. Gallagher aún se sorprende del tirón de Spurs en esta parte del mundo. Lo ha visto de cerca estos días, con entrenamientos abiertos y un ambiente casi de partido en cada sesión. La gira ha servido para algo más que para rodar piernas: ha reforzado la idea de que el club tiene un peso global que, quizá, muchos dentro del vestuario todavía están asimilando.
De las dudas a pieza clave
El recorrido de Gallagher en Tottenham no ha sido lineal. Llegó en enero procedente de Atlético de Madrid y, en los primeros meses, parte de la afición le señaló. No terminaba de encajar, no encontraba su sitio, y el equipo se hundía en una temporada durísima.
Todo cambió con la llegada de Roberto De Zerbi. El técnico italiano le devolvió la versión que deslumbró en Chelsea. Le dio continuidad, confianza y un rol claro. Gallagher respondió: se hizo imprescindible en el centro del campo, firmó un gol clave en la recta final en el campo de Aston Villa y contribuyó a que el equipo amarrara la permanencia en la Premier League. De estar discutido a ser intocable en cuestión de semanas.
El propio jugador no esconde que el punto de inflexión fue el banquillo. Habla de “confianza”, de sentirse físicamente más fuerte, de una pretemporada que ahora ve como vital para seguir creciendo. Lo que antes era un tramo final de curso para sobrevivir, hoy se percibe como el inicio de algo distinto.
Un ‘10’ que no renuncia a ser ‘8’
La pizarra también ha cambiado su perfil. Tottenham ha invertido fuerte en dos interiores de nivel y, mientras tanto, Gallagher se ha asentado como mediapunta, tanto en el cierre del último curso como en esta pretemporada. No se encasilla, pero reconoce que se está viendo más ahí.
Desde esa zona, puede hacer lo que mejor sabe: pisar área, presionar alto, liderar la primera línea de presión. Correr hacia adelante, morder, marcar el tono del equipo sin balón. Él lo resume sin adornos: jugará donde el entrenador le pida, ya sea como ‘10’ o en el doble pivote. Pero el campo está hablando, y lo está situando cada vez más cerca del área rival.
La competencia, lejos de inquietarle, la asume como una obligación en un club del tamaño de Tottenham. Si no la hubiera, dice, algo estaría mal. El mensaje es claro: nadie tiene el puesto garantizado, y él no piensa aflojar ahora que ha recuperado su mejor versión.
De Simeone a De Zerbi: dos miradas, una misma exigencia
En su trayectoria reciente hay dos entrenadores que marcan su discurso: Diego Simeone y Roberto De Zerbi. Dos estilos opuestos, una misma conclusión para Gallagher: sin confianza no hay rendimiento.
Del argentino destaca lo que ha construido en Atlético de Madrid, la magnitud de su trabajo. Del italiano, la capacidad para ver al jugador que fue en Chelsea y rescatarlo. De Zerbi ya le conocía bien de sus duelos en la Premier, y supo qué tocar para que volviera a creer en sí mismo. No necesitó reinventarlo, solo recordarle quién era.
Gallagher niega que su final en Chelsea le dejara una herida abierta. Para él, la confianza no es una cuestión de pasado, sino de presente: llega y se va dentro de un mismo partido, pero se asienta cuando encadena minutos, cuando el físico responde y las sensaciones acompañan. Eso, precisamente, es lo que siente ahora.
Nuevo ambiente, mismas caras, otra energía
El contraste con la temporada anterior es evidente. Ya no se respira el aire pesado de un equipo atrapado en la parte baja. Habla de un “nuevo comienzo”, de caras nuevas, de un estilo de juego distinto y de la necesidad de que todos entiendan qué pide el entrenador.
La gira por Australia ha servido para acelerar ese proceso. El vestuario está de buen humor, los entrenamientos tienen intensidad y los partidos de preparación han dejado señales de mejora. No es un borrón y cuenta nueva —la base del grupo sigue siendo la misma—, pero sí un intento consciente de cambiar la dinámica.
Gallagher insiste en la importancia del carácter de los fichajes. No solo talento, también personalidad adecuada para un vestuario que viene de sufrir. Tras una campaña “muy dura”, como él mismo la define, el hambre por mejorar se palpa en cada respuesta. No suena a consigna, suena a cicatriz.
Referente sin darse cuenta
Con 26 años, Gallagher empieza a verse en un rol que antes ocupaban otros. Mira a los canteranos y se reconoce en ellos: hace nada era él el que pedía consejos, el que intentaba copiar rutinas, el que trataba de entender qué significaba ser profesional en la élite.
Ahora intenta marcar el estándar. En el césped y fuera de él. Quiere que los más jóvenes vean en su comportamiento una guía: cómo se entrena, cómo se compite, cómo se vive el día a día en un club que no se puede permitir otro año al borde del abismo.
El derbi ante Chelsea en Sídney no decidirá títulos ni descensos. Pero para Gallagher, y para este Tottenham en construcción, es algo más que un amistoso en un estadio lleno al otro lado del mundo: es otra prueba de carácter, otro paso para demostrar que la versión frágil del pasado reciente ya no encaja con lo que el equipo quiere ser esta temporada.






