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Birmingham muestra resiliencia en victoria ante Derby

En el fondo visitante de Pride Park se mascaba algo más que simple frustración tras la derrota en Norwich. Era ese viejo conocido para los aficionados del Birmingham: la sensación de que, otra vez, el equipo podía dejar escapar a un rival en mala racha.

Derby había empezado la temporada con el pie cambiado, pero esta vez no se presentó dócil. Tras el flojo partido ante West Brom, el conjunto local se había aplicado. Se notaba en cada duelo dividido, en cada línea bien junta, en cómo cerraban espacios y obligaban al Blues a masticar cada ataque.

Durante buena parte de la primera parte, el partido fue un pulso de paciencia. Hasta que llegó el golpe. Minuto 40: Bobby Clark apareció para adelantar a Derby y pinchar el ambiente en el sector visitante. Un gol de esos que te enfrían hasta el descanso, que convierten el pastel de medio tiempo en un trámite sin sabor.

Pero el Birmingham no se derrumbó. Todo lo contrario. La respuesta fue inmediata, casi visceral. En la jugada siguiente, un centro medido y un fantástico cabezazo en plancha de Carlos Vicente devolvieron el empate y el ruido a la grada visitante. Un gol de pura determinación. Un “aquí seguimos” en forma de remate.

El partido también dejó una noticia importante en el centro del campo: el regreso de Jhon Solis. Su presencia se había echado de menos. Volvió a dar equilibrio, a ofrecer una salida limpia y piernas en la presión. Como estaba previsto, se marchó sustituido tras una hora de juego. Y ahí apareció otro nombre clave.

Paik Seung-ho entró para cambiar el guion. Desde el banquillo, fresco, leyó bien los espacios y terminó firmando el tanto que desató la locura en el fondo visitante. Su gol, el 1-2, encendió a la hinchada del Blues y convirtió el tramo final en una mezcla de ilusión y nervios.

Porque el partido estaba lejos de estar cerrado.

Con el marcador a favor, el Birmingham buscó el tercero para matar el encuentro. Derby, herido, se lanzó a por el empate. La tensión subió varios grados. En una de las pocas ocasiones claras para sentenciar, Luis Vázquez tuvo en sus botas una oportunidad que se recordará durante tiempo: solo, a dos metros de la portería, mandó el balón por encima del larguero. Un fallo que arrancó gritos de incredulidad y manos a la cabeza.

El castigo llegó en forma de sufrimiento. La lesión de Henrik Meister alargó el añadido y regaló a Derby un tramo final eterno. El equipo local empujó con todo y terminó encerrando al Blues en su propio campo. Cada balón colgado era un examen. Cada despeje, un pequeño alivio.

El técnico del Birmingham tiró de todo lo que tenía para aguantar. El equipo terminó con siete defensas sobre el césped, una muralla improvisada para contener la avalancha final de Derby. No fue bonito, fue heroico. Bloqueos, cruces, despejes a cualquier sitio. Puro instinto de supervivencia.

Y funcionó. El pitido final llegó como una liberación en el fondo visitante, donde la celebración tuvo un sabor especial: no solo por los tres puntos, también por la forma de conseguirlos. Bajo presión, lejos de casa y defendiendo la ventaja con uñas y dientes.

Lo que empieza a construirse en este Birmingham tiene un nombre claro: resiliencia. Y en una temporada de Championship, un auténtico maratón, eso vale tanto como un goleador en racha. El próximo rival será Middlesbrough, otro examen duro, otro partido que exigirá la misma fortaleza mental que se vio en Pride Park.

Entre todo ese ruido, hubo también un momento de silencio compartido. Los aficionados de Derby se unieron para recordar la memoria del joven Paul Pike, fallecido a comienzos de año. Un gesto que cruzó colores y rivalidades. Un respeto que va mucho más allá del resultado.

El fútbol sigue. La lucha por la consistencia también. Y este Birmingham, por fin, empieza a parecer un equipo que no se rompe a la primera embestida.

Birmingham muestra resiliencia en victoria ante Derby