tribunadegol full logo

Ashley Young y su adiós al fútbol: necesidad de prótesis de cadera

Ashley Young, símbolo de una era en el Manchester United, ha desvelado sin rodeos el peaje definitivo que le ha pasado el fútbol: con 41 años necesitará una prótesis de cadera. La confesión llega apenas unas semanas después de anunciar oficialmente su retirada, tras poner punto final a una carrera de 23 años con un último servicio en el recién ascendido Ipswich Town.

El día en que el cuerpo dijo basta

La escena clave se remonta a noviembre. Young cayó sobre la cadera, recibió una inyección y, más que el pinchazo, le dolió la señal que aquello representaba. Él mismo lo contó en el High Performance Podcast: siempre se había prometido que, si su cuerpo le pedía infiltraciones para seguir, era que algo serio no iba bien y había que empezar a pensar en dejarlo.

Los médicos le dieron entonces una previsión que sonaba lejana: necesitaría un reemplazo de cadera en unos diez años. Un horizonte asumible para un profesional que aún quería apurar cada minuto. Llegó enero, estaba programada una nueva inyección para aguantar hasta final de temporada y Young seguía con la misma idea fija: ayudar al equipo como fuera. Dolor o no dolor.

El golpe definitivo en Ipswich

Todo se rompió, literalmente, en un entrenamiento rutinario con el Ipswich Town, club con el que disputó 15 partidos en todas las competiciones y que terminó segundo en Championship, asegurando un histórico regreso a la Premier League. A una semana de recibir la nueva inyección, volvió a caer sobre la cadera. Y esta vez lo supo al instante: era mucho peor.

Desde ese momento, el dolor dejó de ser una molestia para convertirse en una barrera. Tres meses sin poder entrenar, incapaz de trabajar con normalidad. Para muchos habría sido el final silencioso, apagando la luz en la sala de fisioterapia. Young eligió otro camino.

Entre visitas al especialista y noches de incertidumbre, mantuvo una idea fija: no quería despedirse así. No aceptaba que su carrera terminara en una camilla, sin pisar el césped una vez más.

Orgullo en el vestuario, aunque sin último minuto

Young llegó a preguntar directamente a los médicos si le estaban diciendo que no podría volver a jugar. Les dejó claro que, si se abría una rendija, si surgía la mínima oportunidad, él volvería al campo.

No llegó a disputar ese último partido soñado, ese epílogo romántico con el estadio en pie. Pero se aferró a lo que sí podía controlar. Durante los dos últimos meses de la temporada se entrenó a diario, contra el consejo directo del especialista, que le insistía en que no era posible, que no debía hacerlo.

Lo hizo igual. Por orgullo profesional, por el vestuario, por el ascenso que estaba en juego. No necesitó minutos para sentirse parte del logro: su influencia en el día a día, en las sesiones, en la mentalidad de un grupo que acabó sellando el ascenso en la última jornada, fue suficiente para él.

Young admite que habría sido increíble salir al campo en ese último encuentro. Pero también reconoce que llegar a esa semana final entrenando al máximo, con el equipo culminando el regreso a la Premier League, tuvo algo de justicia poética. Para un futbolista que siempre se definió por su carácter competitivo, no pudo haber un telón más fiel a lo que fue toda su carrera.